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Contexto de la reforma sanitaria de Obama PDF Imprimir E-Mail

Sep-10-09 - Por Joaquin Roy*

Cuando llegué a Estados Unidos por primera vez en 1967, recibí la invitación de un colega de tareas educativas para pasar un fin de semana en su casa del norte de Virginia. El padre de mi amigo, médico de profesión, persona culta y deseos diplomáticos de ayudarme a empezar a comprender el país, me ofreció dos predicciones de lo que yo sería testigo en un par de años. Intrigado, le solicité que me diera detalles. “Mira –me dijo—aquí se va establecer un sistema de medicina socializada y vamos a adoptar el sistema métrico decimal”. Con la expectativa de comprobar cambios tan revolucionarios, decidí quedarme.

 

Pensaba en este capítulo de mi modesta biografía al escuchar al presidente Obama en su admonición al Congreso. A medio camino entre Martin Luther King (“tengo un sueño”) y Elvis Presley (“Es ahora o nunca”), me recordaba el mandatario lo poco que ha cambiado el país desde entonces. También rememoraba en mis reflexiones que unos años después, ya con Jimmy Carter en la Casa Blanca, una tercera “predicción” se abrió paso en mi estupefacción al tratar de entender este peculiar país. Se dijo entonces que Washington levantaría el embargo contra Cuba, un proyecto ilusorio que revivió con fuerza con el desplome de la Unión Soviética. Ahora también Obama ha resucitado el proyecto, comenzando por la flexibilización de los viajes de los exiliados y el envío de remesas.

 

La única predicción que en toda mi experiencia americana se ha cumplido es la promesa de John F. Kennedy de mandar un hombre a la luna y hacerlo regresar. Asesinado, su sueño lo vio cumplido Nixon, mucho antes de caer ignominiosamente en desgracia. En fin, quizá intrigado por el ver si alguna de las demás predicciones se cumple, antes de mi jubilación, he permanecido con la atención prestamente debida.

 

Contaminado por la metodología de las disciplinas académicas, he intentado pasar de la constatación de los hechos a la indagación de las motivaciones de las acciones humanas, sean políticas o socioeconómicas. ¿Por qué algo aparentemente tan sencillo como disponer de un sistema de salud pública, básico, decente y efectivo es una especie de quimera fuera del alcance de los ciudadanos del país hegemónico? ¿Por qué un par de docenas de países europeos, con potencial económico más bajo, compiten con Estados Unidos en índices de mortalidad, calidad de vida, educación y coste-eficacia en el sistema de salud? ¿Por que diablos tenemos que llenar el depósito de la gasolina en galones, mientras el calibre de los proyectiles y peso de las píldoras medicinales se hace en milímetros y los traslados en automóviles en millas? Ya no hablo del embargo contra Cuba, que lo único que ha conseguido es apuntalar a los Castro.

 

La base de la explicación a estos tres enigmas es la misma. En el trasfondo de la resistencia a reformar el sistema (caos) de salud, adoptar unas medidas universales y abrir las compuertas a Cuba está algo muy sencillo. No es tan complicado como la relación entre impuestos y lobbies en el caso del sistema de salud, la jubilación de los tornillos, y la herencia de las crisis de los misiles.

 

En los tres casos el factor dominante es una mezcla de convicción de “excepcionalidad” (uno de los mitos fundacionales) de un país que no es tal, sino una idea, la inercia de la tradición tan querida en una sociedad que se precia del cambio, y un toque candoroso de arrogancia. Por encima de todo, especialmente en el caso del sistema de salud, está el íntimo sentimiento de individualismo que sospecha de la labor del gobierno.

 

Obama no lo tiene fácil. El enemigo no es un Congreso díscolo y dividido. Aunque imponente, el verdadero obstáculo no es la labor de zapar ejercida tenaz y diariamente por los lobbies al servicio de las aseguradoras. Tampoco es el aparente aumento del costo de un paraguas sanitario que consiga proteger a todos y a  cada uno de los mortales que por aquí moran, trabajan y pagan cuantiosos impuestos (incluso los indocumentados).

 

El problema es el contraste paradójico, por un lado, entre una conciencia social generosa en el trabajo voluntario y la filantropía, disciplinada en las labores asociativas, por lo general cumplidora de la ley, y por otro lado un anarquismo (“libertarismo”) innato que se autoconvence de que el mejor gobierno es la ausencia de gobierno. Es la misma sociedad, sobretodo sus sectores más resistentes al cambio, que etiqueta como “socialista” los planes de Obama, y no tiene el menor escrúpulo en apoyar y defender hasta la muerte un sistema de educación primaria y secundaria, universal, gratuito y obligatorio, administrado por los gobiernos de los estados y los condados.

                            

*Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla                                       

                                    

 
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