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La rebelión de las naciones

  Crisis del liberalismo y auge del conservadurismo popular

El autor, con una destacada trayectoria académica y genuino interés tanto por la situación internacional como por la suerte de su país, analiza en realidad dos ejes paralelos en función de los cuales parece reconfigurarse el escenario internacional. 

 

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Crisis entre Washington y Buenos Aires PDF Imprimir E-Mail

Dic-26-07 - por Rosendo Fraga

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El sesgo antinorteamericano que muestra la Argentina históricamente, ratificado por los sondeos de opinión y potenciado por cierta decepción, los han llevado a escalar en un conflicto con los EE.UU. que no tiene precedentes en un gobierno constitucional.
Si bien la relación bilateral entre la Argentina y los EE.UU. nunca ha sido fácil, la crisis que se ha planteado en el breve gobierno de Cristina Kirchner es la más grave que se haya registrado en un gobierno constitucional argentino.

En 1946, cuando Perón gana la elección presidencial utilizando, entre otras, la consigna de "Braden o Perón", se vivió un momento difícil en la relación entre los dos países. Sin embargo, se trató de una situación vivida con un gobierno de facto en la Argentina, emergente del golpe del 4 de junio de 1943, del cual Perón había sido Vicepresidente, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión.

Pero una vez en el poder, ya como Presidente constitucional, Perón fue muy cuidadoso en reconstruir la relación diplomática con Washington.

En el último gobierno militar también se vivieron dos momentos difíciles. Uno fue a fines de los años setenta, cuando la Argentina rompe el embargo cerealero convocado por EE.UU. contra la URSS en represalia por su intervención en Afganistán. En aquella oportunidad, Videla decidió seguir vendiendo trigo a Moscú, privilegiando intereses económicos sobre afinidades ideológicas.

Con Galtieri, la Argentina fue a la guerra con el Reino Unido, el principal aliado estratégico y militar de los EE.UU. El fracaso de la misión Haig dejó el vínculo bilateral en una relación muy difícil y Washington optó por Londres durante el conflicto, como era lógico.

Los presidentes Roca, Yrigoyen y Perón evitaron los conflictos frontales con Washington. Justo y Frondizi, por su parte, buscaron acercarse manteniendo cierta autonomía.

Con el reestablecimiento de la democracia, la relación bilateral fue buena, como sucedió con Menem y De la Rúa, o más fría como tuvo lugar con Alfonsín y Duhalde.

El discurso de Kirchner ante Bush en la Cumbre de Presidentes de las Américas que se reunió en Mar del Plata dos años atrás, marcó un punto de inflexión que Cristina Kirchner ha profundizado, a través de la declaración de repudio a EE.UU. por parte de ambas cámaras del Congreso, situación que no tiene precedentes en la historia argentina. Legisladores oficialistas en sus discursos, llegaron a caracterizar a dicho país como "el enemigo".

Además de la historia, los sondeos de opinión -a los cuales siempre está muy atento el matrimonio Kirchner- son la segunda clave para comprender el conflicto que se ha desatado.

El Latinobarómetro, sondeo que se viene realizando en forma anual en América Latina desde hace casi dos décadas, muestra en sus datos del año pasado que la Argentina es el país de la región con peor imagen del presidente George Bush. Tiene sólo 6% de aprobación entre los argentinos.

En forma coincidente, el Barómetro Iberoamericano 2007, sondeo que realiza anualmente CIMA (Consorcio Iberoamericano de Investigaciones de Mercados y Asesoramiento) para la Cumbre de Jefes de Estados de Iberoamericano, consigna que nuestro país es el que tiene peor opinión de los EE.UU. en la región, ya que sólo el 11% de los argentinos tiene una imagen positiva de dicho país y sólo 1 de cada 10 simpatiza con el presidente George Bush.

Es así como los dos sondeos realizados sistemáticamente y que miden la opinión de los latinoamericanos, señalan que la opinión pública argentina es la más anti-norteamericana de todas, superando no sólo a México, Brasil y Chile, sino también a Bolivia, Venezuela, Ecuador y Nicaragua.

Confrontar con la primera potencia del mundo tiene raíces históricas y en el corto plazo puede generar popularidad.

Esta posición de los argentinos -que nunca atacan la embajada de EE.UU. ni queman empresas de este origen como en otros países- tiene alguna semejanza con en el sentimiento análogo de los franceses en Europa. Ellos son los más anti-norteamericanos en los sondeos de opinión, pero se trata más bien de una suerte de rebelión de raíces históricas, más que un antagonismo ideológico.

Ello puede constatarse en el hecho de que dos de cada tres argentinos, al momento de elegir un consumo cultural o una moda, optan espontáneamente por productos americanos

En otras palabras, el anti-norteamericano argentino no tiene raíces culturales profundas, como sucede actualmente en Medio Oriente.

Pero más allá de la historia y la opinión pública, suele existir un equívoco en la dirigencia argentina respecto a como funcionan los EE.UU: se piensa que es un país monolítico, en el cual todos los actores tienen la misma posición.

Un cuarto de siglo atrás, el gobierno militar cometió un error estratégico frente a la administración Reagan, pensando que el apoyo de la Argentina a la guerra sucia en Centro-América, llevaría a Washington a tolerar la recuperación de las Malvinas por la vía armada.

El razonamiento era simple: frenar el avance del marxismo en América Central, el flanco sur de los EE.UU., es más importante en la Guerra Fría que defender una posesión colonial anacrónica y marginal de los británicos.

Las palabras de la actual Presidente argentina de que EE.UU. quiere empleados y no amigos refleja decepción. Quizás, porque la política exterior del matrimonio Kirchner pensó que la posición asumida contra Irán con la causa AMIA, llevaría a que fuera tolerada la relación especial de Argentina con Venezuela.

En este caso, el razonamiento sería que, al tener para Washington Teherán más prioridad que Caracas como amenaza a la seguridad internacional, a la Argentina no se le cuestionaría que Venezuela haya sido el país del mundo con el cual ha firmado más instrumentos bilaterales, dato empírico que sirve para constatar la significación del vínculo con Chávez.

Es sobre este tipo de razonamiento que podría entenderse la decepción que muestra el matrimonio Kirchner respecto a los EE.UU., del cual en realidad nunca se mostraron precisamente como amigos.

El problema para los dirigentes argentinos es que les resulta difícil entender que en EE.UU., lo que piensa el Departamento de Estado suele ser diferente o tener matices respecto a los puntos de vista del Departamento de Defensa y, a su vez, el Tesoro tiene prioridades distintas. El Congreso, asimismo, suele tener sus propios puntos de vista, los que al mismo tiempo muestran diferencias entre republicanos y demócratas y siempre se puede encontrar un legislador con el que uno coincide.

Wall Street tiene percepciones y prioridades diferentes a las de la Administración, y la comunidad académica, por su parte, expresa sus propios razonamientos. Los medios de comunicación son independientes y tanto las posiciones del Washington Post como las del New York Times, así como las diferentes cadenas de televisión, expresan puntos de vista distintos y contradictorios.

En este universo complejo y ambiguo, siempre es posible encontrar una opinión en base a la cual construir la propia interpretación sobre lo que realmente interesa a Washington y éste suele ser el error argentino.

Es en este marco donde se inscribe la actitud asumida por el matrimonio Kirchner frente a los EE.UU. por el episodio de las valijas del empresario Antonini Wilson.

El sesgo antinorteamericano que muestra la Argentina históricamente, ratificado por los sondeos de opinión y potenciado por cierta decepción, los han llevado a escalar en un conflicto con los EE.UU. que no tiene precedentes en un gobierno constitucional.

Recordar que las crisis suelen escalar por errores de cálculo y llevar a situaciones no queridas, debería ser ahora el punto central de su reflexión.

 
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