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La enseñanza de Honduras PDF Imprimir E-Mail

Jul-14-09 - por Carlos Malamud (Infolatam)*

"...Si los principales líderes democráticos de la región, comenzando por los presidentes Lula y Calderón, manifestaran con cierta frecuencia su firme posición en defensa de la democracia y condenaran los procesos que vulneran constituciones y distorsionan las reglas de juego, quizá estaríamos en otro escenario. Con la misma fuerza y de la misma manera con que Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Fernando Lugo o Cristina Kirchner han criticado la vulneración de las leyes en Honduras, otros mandatarios (o periodistas, académicos y políticos) deberían hacer lo mismo en los países de los primeros, sin temor a ser descalificados de ´injerentes´ o ´injerencistas´."

El lamentable y condenable golpe de estado de Honduras provocó abundantes reacciones internacionales y una notable alteración en los roles de los principales actores, internos y externos, involucrados en el mismo de una u otra manera. Hace ya dos largas e intensas semanas que los militares golpistas expulsaron al presidente Zelaya, un lapso de tiempo que, pese a su aparente brevedad, es suficiente para extraer algunas conclusiones.

El secretario (ministro) de Relaciones Exteriores mexicano, Genaro Estrada, desarrolló en 1930 la doctrina que lleva su nombre y que rápidamente se extendió por América Latina: cualquier gobierno podía reconocer a otro con independencia de su origen (santo o no santo) y de la forma en que accedió al poder. Se quería formalizar la no intervención o no injerencia en asuntos de terceros países.

El éxito de la Doctrina Estrada fue enorme y su popularidad descansó en el hecho de que nadie quería descartar una norma que el día de mañana podía beneficiar a su país. El corolario de la Doctrina marcó como norma prioritaria dentro de América Latina el principio de no ingerencia y el absoluto predominio de la soberanía (territorial) por encima de cualquier otro tipo de valores.

Las reacciones al golpe de Honduras marcan un revés para la Doctrina Estrada. El problema radica en dónde fijar los límites de la injerencia, aunque por lo que se ha visto recientemente, y con demasiada frecuencia en las declaraciones de algunos líderes regionales, existe un doble rasero al hablar de estas cosas. Aquí encontramos la primera enseñanza hondureña: no hay que esperar hasta último momento para actuar en defensa de la democracia; no hay que esperar a que se produzca un golpe de estado para demostrar la contrariedad por la vulneración de las normas constitucionales.

Si los principales líderes democráticos de la región, comenzando por los presidentes Lula y Calderón, manifestaran con cierta frecuencia su firme posición en defensa de la democracia y condenaran los procesos que vulneran constituciones y distorsionan las reglas de juego, quizá estaríamos en otro escenario. Con la misma fuerza y de la misma manera con que Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Fernando Lugo o Cristina Kirchner han criticado la vulneración de las leyes en Honduras, otros mandatarios (o periodistas, académicos y políticos) deberían hacer lo mismo en los países de los primeros, sin temor a ser descalificados de “injerentes” o “injerencistas”.

Aludía a ciertos fenómenos extraños de alteración de roles. Así, sorprende la preocupación de Fidel Castro ante posibles alteraciones del orden democrático en ciertos países latinoamericanos. El mismo Castro que armó y financió guerrillas contra gobiernos democráticos hoy está preocupado por la fragilidad de algunos de ellos. Claro que sólo mira por quienes giran en la órbita bolivariana, o están próximos a la misma, y por tanto tienen valores “populares” que defender. Es el mismo impulso que mueve al comandante Chávez, en su día preso por golpista en su país.

Las teorías sobre las repercusiones del golpe hondureño en la política latinoamericana son numerosas. Sin embargo, resulta cuestionable, en una coyuntura como la actual, el concepto de una única política regional. Muchos países han dado pasos importantes en la consolidación de sus democracias y en ellos resulta prácticamente impensable pensar en algo parecido a un golpe de estado, inclusive si tienen gobiernos de izquierda. Es el caso de Brasil, Chile o Uruguay, por poner algunos ejemplos. Es la segunda enseñanza: no hay que exagerar sobre las posibles repercusiones generales, cuando no existe una uniformidad regional como para que una medida semejante se propague por doquier.

El viernes pasado comenzó la difícil tarea mediadora iniciada por el presidente Óscar Arias. Los resultados preliminares han sido bastante decepcionantes, pero no por eso hay que condenar al fracaso la iniciativa, como ha hecho, por motivos interesados, Hugo Chávez. La violencia desatada en Honduras el domingo anterior, coincidiendo con el intento frustrado de Zelaya de regresar a su país, hizo sonar bastantes alarmas y revalorizó el papel de la diplomacia.

Lamentablemente era un poco tarde y dejó en mala posición a más de uno, comenzando por el secretario general de la OEA, Miguel Insulza, totalmente inhabilitado para negociar entre las partes por el rechazo de una de ellas. La firme defensa de la democracia y el “hooliganismo” no deberían ser la misma cosa. Si se quiere potenciar el papel de la OEA, su secretario general no se puede poner al frente de la manifestación, cualquiera sea ella. Lo mismo vale para tantos otros actores internacionales que adoptaron posturas similares, se hayan desplazado o no en aviones venezolanos en respaldo del depuesto Zelaya. Tercera enseñanza: si se quiere mediar en un conflicto, o se aboga por una solución pacífica y negociada, es necesario mantener una cierta distancia, lo que no es igual a renunciar a los principios.

Los errores de unos y la intransigencia de otros nos han llevado a una situación cada vez más complicada. El tiempo juega contra Zelaya, pero también para buscar una salida que refuerce lo que queda de las instituciones democráticas hondureñas. Ojala el caso de Honduras marque el inicio de un nuevo tiempo en América Latina, caracterizado por la defensa de los valores democráticos, más allá de los rígidos y absurdos límites impuestos por la “defensa de la soberanía (territorial)”. Mucho me temo que no será así. Las contundentes declaraciones de los presidentes regionales en defensa de la democracia fueron posibles por dos motivos. Primero, su defensa era funcional al “bolivarianismo” y no había contradicciones con los países del ALBA. Y segundo, Honduras es un pobre y pequeño país, que no produce petróleo ni tiene alguna fuente de riqueza exportable y de interés. Por eso, meterse con los golpistas hondureños, aunque se lo merezcan, ha salido prácticamente gratis a quienes así lo han hecho.

*Artículo publicado en Infolatam el 12 de julio de 2009

 
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