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México: La cosecha PDF Imprimir E-Mail

Jul-14-09 - por Luis Rubio

En las elecciones, como en los cultivos, se cosecha lo que se siembra. En ocasiones, quienes están bien posicionados cosechan los errores de otros. Esta metáfora resume el resultado de los comicios de la semana pasada. El PAN pagó por lo que hizo y, sobre todo, por lo que no hizo, en tanto que el PRI se benefició de su historia y de los descalabros de sus dos contrincantes. La ciudadanía resultó más inteligente que los políticos.

Alguna vez escuché la apreciación de que Luis XIV disfrutó el palacio de Versalles en tanto que Luis XVI pagó su costo. Algo similar se puede decir de Fox y Calderón. Luego de años de invertir en una estrategia de consolidación a partir de municipios grandes, el PAN conquistó la presidencia en 2000 y ahí perdió el camino. Se olvidó de la razón por la cual había sido elegido, perdió de vista su origen y las grandes batallas que animaron su historia y se durmió en sus laureles. Fox no entendió el momento político, fue incapaz de visualizar la urgencia de transformar al sistema políticó y su gestión, o falta de ella, hizo posible que se consolidara la impunidad de los gobernadores y que  cobrara vida propia ese mundo de los poderes fácticos que todo lo paralizan.

Nueve años después, el electorado le cobra al PAN su incapacidad de cumplir con la promesa de construir una democracia participativa, combatir la corrupción y darle al ciudadano, el origen de ese partido, el papel protagónico que reclama. Fox perdió la oportunidad histórica de cambiar el rumbo del país para bien y Felipe Calderón, al optar por no corregir, está pagando las consecuencias. El electorado reprobó al gobierno y al partido que lo ha decepcionado. No hay de otra.

Los votos y las abstenciones evidencian una sentida demanda de liderazgo y un gran vacío social: la población requiere respuestas que nadie parece capaz de darle. Quizá sea eso lo que llevó a optar por la experiencia frente a todo lo demás.

La debacle del PAN no es producto de la casualidad, sino de un entorno partidista no propicio para triunfar: a) sus procesos de nominación de candidatos son poco afortunados porque la base panista es mucho más conservadora que el electorado y promovió candidatos poco atractivos para los votantes; b) el partido llegó dividido al día de los comicios, división que refleja heridas, rencores, pugnas y un presidente de la república dedicado a exacerbarlas; c) la arrogancia del gobierno y de algunos de sus candidatos no tuvo límite: ejemplos sobran, pero tres obvios son una secretaría de Economía que no responde a la crisis más grande de la historia, una política social ausente y un conjunto de candidatos que, seguros de ir por todo (es decir, el 2012), acabaron sin nada. Así ocurrió en Jalisco, Querétaro y San Luis; d) un gobierno sin más proyecto que el de seguridad, cuyas consecuencias (secuestros y extorsión) padece la población y para lo cual no ha tenido capacidad de construir una policía moderna;  y e) en franco contraste con su exitosa estrategia hace tres años, en esta ocasión el partido rijoso, peleonero y violento fue el gobernante: la moderación le benefició en 2006, ahora la conflictividad le costó. Como tantos otros de sus predecesores, el presidente confundió la popularidad que le garantiza su presencia permanente en los medios con los sentimientos, preocupaciones y padecimientos de la ciudadanía. El PAN y el presidente perdieron de vista lo relevante.

Por su parte, el triunfo del PRI fue resultado de su disciplina y organización territorial, ambos producto de la historia, y también de un gasto inaudito de los gobernadores en contubernio con las televisoras. Aunque les tomó años, los priístas, gente de poder, acabaron uniéndose en aras de recobrarlo. El PAN se las puso fácil porque en el gobierno no cambió nada de la esencia del viejo sistema, del cual los priístas son maestros. Además, el PRI se benefició de estar en el lugar correcto en el momento indicado: se colocaron como una alternativa creíble sin jamás haber tenido que reformarse. El colapso del voto perredista, sobre todo en los municipios conurbados del DF, contribuyó al su triunfo sobre el PAN en contiendas que antes habían sido muy cerradas.

Lo que viene no va a ser sencillo para nadie. El mejor escenario para el PRI hubiera sido un PAN menos colapsado que pudiera asumir los costos de cualquier reforma que se llegara a dar. Como quedaron los números, los priístas no tendrán alternativa que la de confrontar la responsabilidad del cogobierno, algo que no va a ser fácil para ninguna de las partes. Además, la fracción priísta viene preñada de problemas, sobre todo por los contingentes dinosáuricos de Oaxaca, Puebla, Veracruz y Edomex, que representan prácticamente la mitad de la bancada y que responden a las demandas presupuestales de sus respectivos gobernadores. Disciplinar a esa bancada –y a los suspirantes- va a ser una pesadilla y exigirá gran destreza si quieren hacer mella en los factores de poder y presupuesto que le importan al PRI. Un mal manejo, o demasiadas disputas, pueden acabar siendo un impedimento para ganar el 2012. Pero el PRI irá en caballo de hacienda y en control de la misma. No es cosa menor.

La elección no deja satisfecho a nadie. Dada la permanencia del Senado, el único efecto garantizado de la elección será que el gobierno será rehén del PRI en materia presupuestal, domino exclusivo del Congreso. Ahí el presidente sufrirá el embate de los gobernadores, sobre todo los más duros, cuyo poder, impunidad y opacidad son producto de la ausencia de contrapesos y de su interminable voracidad. El presidente pasará a ser un peticionario más en la larga lista de demandantes de presupuesto.

La novedad en esta elección no fue el fracaso del PAN o el triunfo del PRI pues, como en 2003, ambas cosas responden a factores estructurales. La novedad fue la convocatoria al voto nulo, cuyo efecto, descontando el 2.5% de promedio histórico de votos anulados por errores diversos, no fue más que simbólico, aunque si redujo la competencia, favoreciendo al PRI. Con todo, el simbolismo es importante y no deja de ser paradójico que el reclamo de los anulistas coincida tanto con la agenda histórica del PAN que, ya en el gobierno, olvidó.

El riesgo ahora es que el PRI decida que ya ganó y no vea necesidad de cambiar nada excepto para afianzar su control; que el PAN y el gobierno culpen a la maquinaria del PRI, se auto justifiquen e ignoren sus errores; y que el PRD no tenga capacidad de resolver sus fracturas y abandone la construcción de una social democracia moderna. Es decir, el riesgo es que todos se suban en su macho y pretendan la ciudadanía les debe la vida.

 
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