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México: Hoy y mañana PDF Imprimir E-Mail

Jul-05-09 - por Luis Rubio

El día de los comicios es siempre el día de los ciudadanos. En nuestro sistema, es el único momento en que la ciudadanía puede hacer una diferencia en la vida pública nacional. El voto es el instrumento central de la democracia y el único que tenemos a nuestra disposición los mexicanos. Por eso debe entenderse en toda su dimensión y ejercerse con mucho cuidado.

La contienda electoral de estos meses concluye hoy con la decisión del votante y abre la puerta a la siguiente etapa del proceso político. Tradicionalmente, las elecciones intermedias tienden a atraer una reducida participación y a ser procesos deslucidos. Pero no siempre ha sido así. En 1991, por ejemplo, Carlos Salinas, cuya elección presidencial (1988) había sido muy cuestionada, convirtió los comicios intermedios en su relanzamiento. En 1997, el PRI perdió la mayoría absoluta, inaugurando una nueva era de potencial democrático. No todas las elecciones intermedias han sido aburridas o irrelevantes.

Esta elección es notoria por dos circunstancias: la crisis económica que vive el mundo y que nos impacta gravemente y el hartazgo de la ciudadanía con la parálisis que emana del sistema político. La crisis afecta directamente a las personas en sus ingresos, empleo y oportunidades de progreso. La parálisis del gobierno y del legislativo, así como sus pugnas interminables, la impunidad de que ambos gozan y el abuso que caracteriza a los gobernadores, impiden que el país encuentre salidas a sus problemas, mantiene anquilosada a la economía y genera una desazón permanente que no conduce a nada bueno.

Por si esto fuera poco, la contienda misma fue excepcional por su irrelevancia. Además de agria en sus disputas, fue pequeña en la calidad del discurso, carente de propuestas y, eso sí, rica en censura por parte del IFE. La democracia mexicana se redujo a un concurso de spots sin contenido pero con mucho maquillaje. Todo esto fue resultado de las nuevas reglas que normaron este proceso y que surgieron de la reforma electoral de 2007 y cuya motivación fue el rencor y el infinito afán de control que caracteriza a nuestra clase política. Quizá lo más sintomático del momento es que todavía no concluía la contienda cuando los legisladores ya buscaban algo más que reformar: la contienda misma ha obligado a los políticos a responder, algo que no hubiera ocurrido de no existir el derecho a votar y a que los votos cuenten.

El día de hoy el ciudadano tiene dos decisiones que tomar. La primera es si acudir a la casilla correspondiente y la segunda por quién votar. Tradicionalmente, la opción era decidir por un candidato o partido en cada una de las elecciones del día: diputados, partidos, jefes delegacionales en el DF y gobernadores y diputados locales en las entidades respectivas. En esta ocasión, un grupo de activistas políticos y opinadores ha propuesto que el ciudadano que acuda a las urnas no vote por las opciones existentes sino que anule su voto como protesta.

Una de las virtudes de nuestra realidad política actual es que nadie sabe cuál será el resultado de los comicios. Nadie tiene certeza de que quién ganará o cuánta gente acudirá a las urnas. Esto se dice fácil, pero no es algo que existiera hace sólo tres lustros. Antes los mexicanos no gozábamos del sufragio efectivo por más que así lo dijera toda la papelería gubernamental. Los jóvenes que hoy votan por primera vez no vivieron esa historia de luchas por lograr ese derecho tan elemental: el de poder votar. En este sentido, por mal que estén muchas cosas, el derecho a votar, que no existía antes, es un componente medular de la vida política. Con todos los avatares de nuestra limitada democracia, los votos cuentan y se cuentan y es por eso que este instrumento democrático no debe ser minimizado. Esto es particularmente relevante en muchos estados en los que todavía prevalecen prácticas autoritarias y corruptas promovidas por gobernadores o por el crimen organizado. Ceder el derecho a votar es conceder el derecho del poderoso a abusar con impunidad.

Al final del día de hoy sabremos cómo quedó la correlación de fuerzas en el congreso y tendremos un panorama de lo que sigue para el país. Así comenzará el día de mañana. Con esta sana incertidumbre democrática, la política mexicana tendrá que ajustarse y, en su caso, responder ante la realidad que hoy arrojen los votos. Aunque las encuestas sirven para medir y anticipar las preferencias de los votantes, siempre hay un margen de error o, simplemente, de reconsideración por parte de los electores. Muchos pueden cambiar de parecer en los últimos días o incluso minutos. Igual es posible que un partido gane una mayoría absoluta o que otro desaparezca. Todo depende de la lo que decida cada elector. Esa es la magia de la democracia: cada voto cuenta y puede hacer la diferencia.

Aunque quizá poco sustantiva, la competencia electoral ha sido intensa. Hoy sabemos que hay un grupo de cincuenta o sesenta de los trescientos distritos y al menos cuatro de las seis gubernaturas en pugna en los que el resultado puede ir en cualquier dirección. Cada voto cuenta.

Los temas relevantes para la elección del día de hoy son: a) qué tanto asciende el PRI en número de curules; b) qué tanto disminuye la presencia del PRD; c) cuántos diputados pierde el PAN; d) cuál es el impacto del PT y Convergencia bajo la tutela de López Obrador sobre el electorado perredista; e) la posibilidad de que algún partido chico no alcance el umbral del 2% para conservar su registro; y f) cuál fue el nivel de abstención y de votos anulados.

Como argumenta Roger Bartra en su nuevo libro, La Fractura Mexicana, un análisis serio y por demás sensato de las causas, implicaciones y complejidad inherente a estos factores, el problema de fondo no es de un partido sino de las oportunidades perdidas y de la estructura de la política nacional. Bien vale la pena su lectura.

Mañana en la mañana la bola pasa de los ciudadanos al mundo político. Los políticos tendrán que lidiar con las decisiones de los votantes en lo individual que, ya agregadas, marcarán la pauta futura. Si el voto de protesta acaba siendo muy bajo, los organizadores del movimiento en pro de la anulación quedarán desacreditados; en caso contrario, la pregunta será si los políticos reaccionan planteando un esquema visionario de transformación y apertura para beneficio de la ciudadanía o reforzando la tendencia hacia la cerrazón y el control exacerbado de las instancias otrora ciudadanas. Hoy es imposible determinar cuál de los dos caminos será, pero la diferencia es toda. Por eso es tan importante que el elector decida con cuidado cómo votar y que vote.


 
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