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Washington-Cuba: la hora de la verdad PDF Imprimir E-Mail

May-04-09 - por Marifeli Pérez-Stable (Infolatam)*

El anuncio, sin duda, fue oportuno. El 13 de abril, en vísperas de la Cumbre de las Américas el presidente Barack Obama levantó todas las restricciones a los viajes y las remesas a Cuba por razones familiares. Asimismo, autorizó a las compañías estadounidenses de telecomunicaciones a trabajar con el gobierno cubano para ampliar las redes de cobertura a la isla.

La política de Estados Unidos hacia La Habana se presentaba como un tema —si no en la agenda, ciertamente en los pasillos— en la Cumbre. Así será aún, si bien estas medidas muestran una cierta voluntad de Washington de ir modificando una política anacrónica que, no obstante, se había reafirmado reiteradamente a contrapelo de la opinión pública en EE.UU. y la de los gobiernos del Hemisferio Occidental e, incluso, del interés nacional del país.

A partir de las leyes para la Democracia Cubana (1992) y Helms-Burton (1996), el levantamiento del embargo dejó de ser potestad del poder ejecutivo. Hasta entonces cualquier presidente lo hubiera podido levantar por decreto, tal y como estaba en ciernes antes de que los votantes le negaran a Jimmy Carter un segundo mandato. En 1962, John F. Kennedy lo había impuesto sin mediación alguna del Congreso.

Así y todo, la Administración de Obama pudiera dar pasos contundentes —las nuevas medidas son pasitos— que pusieran la política hacia Cuba en su sitio, es decir, al margen de las relaciones de Estados Unidos con América Latina y el Caribe. Tales pasos incluirían establecer una comunicación fluida con el gobierno cubano, dar luz verde a la OEA y otros organismos multilaterales para que entablen un diálogo con La Habana, facilitar los términos de pago por los alimentos que Cuba compra en EE.UU. y liberalizar las visas a los cubanos con el fin de apoyar los intercambios profesionales.

No es nada fácil por dos razones. La primera tiene que ver con la idea de lograr un “cambio de régimen”en La Habana mediante el endurecimiento del embargo. En los noventa, esta idea se puso al centro, en parte, porque se pensaba que la democracia en Cuba era inminente. Veinte años después, la política estadounidense sigue atrapada por la misma retórica. Obama, por ejemplo, remarcó que las medidas recientes buscan “apoyar a los cubanos en su anhelo por decidir libremente el futuro de su país”.

Lo de los viajes y las remesas familiares era una exigencia humanitaria y, en parte, también la ampliación de las redes de comunicación con la isla. Si bien ambas medidas pudieran acarrear otras consecuencias, ¿qué sentido tenía cacarearlas con micrófono en mano? Era, no obstante, inevitable que esa retórica enmarcara este primer anuncio de Obama con respecto a Cuba.

La Casa Blanca y el Departamento de Estado enfrentan una tarea difícil: establecer la confianza necesaria con La Habana a fin de encaminar la relación por otras sendas. Como se trata de responder al interés nacional de EE.UU., hay que ir cambiando la retórica o, al menos, suavizarla.

La segunda razón radica en La Habana. Ni corto ni perezoso, el Comandante lanzó una reflexión tres horas después del anuncio. “Del bloqueo”, comentó, “no se dijo una palabra”. Hizo hincapié en que Obama no era responsable por “las atrocidades cometidas por otros gobiernos de Estados Unidos” y advirtió que Cuba “ha resistido y está dispuesta a resistir lo que sea necesario”. Añadió que se conversaría con Obama “sobre la base del más estricto respeto a la soberanía”.

El gobierno de Raúl Castro, sin embargo, tardó en pronunciarse. El 14 de abril la noticia se dio en breve por la televisión y la gente en la isla la aplaudió. No fue hasta el 16 de abril ante una reunión del ALBA en Cumaná, Venezuela, que el presidente cubano dijo: “Le hemos mandado a decir al gobierno norteamericano, en privado y en público, que estamos abiertos cuando ellos quieran a discutirlo todo, derechos humanos, libertad de prensa, presos políticos, todo lo que quieran discutir. Pero debe ser en igualdad de condiciones, sin la más mínima sombra sobre nuestra soberanía”. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, comentó favorablemente lo expresado por Raúl Castro.

Al gobierno cubano también le esperan tareas difíciles. Entablar una comunicación discreta con la Administración de Obama implica un toma y daca ineludible. Dada la nueva política sobre las remesas, ¿por qué no eliminar las cuotas impuestas a las remesas en dólares que perjudican a los cubanos que las reciben? La Habana también debe forjar un nuevo discurso si realmente busca aliviar las tensiones con Washington. Para ello, el argumento de la soberanía debe guardarse para los asuntos de peso.

A Washington y a La Habana les llegó la hora de la verdad.

*Artículo publicado en Infolatam

 
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