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La verdad PDF Imprimir E-Mail
Oct-16-07- por Rodolfo Pandolfi

El gobierno nacional ha logrado que algunas entidades intermedias convaliden las cifras convenientes pero dudosas difundidas por el INDEC. También ha conseguido que los grandes diarios se ocuparan poco o nada de episodios que merecerían, por lo menos, una discusión franca, como la división de poderes, el destino de los fondos de Santa Cruz, los maletines voladores, las bolsas en los baños de los ministerios, la insólita corrupción corporativa en algunos sectores de la Aduana Internacional de Ezeiza, el caso Skanska, la evidente utilización política del presupuesto nacional, el financiamiento de la campaña presidencial oficialista, la acción psicológica en varios canales de televisión, la transferencia de gobernadores y de legisladores al frente del gobierno, la represión que bandas armadas integradas por enmascarados realizan en pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires, los subsidios políticos, el montaje de un aparato clientelístico cautivo en el Gran Buenos Aires, la manipulación de las encuestas, el retorno a la inseguridad sobre los resultados electorales y el descuartizamiento de las Fuerzas Armadas a un nivel sin precedentes, que ni siquiera existió después del triunfo leninista en la revolución rusa.

En la homilía de la misa central de la 33° peregrinación juvenil a pie a Luján, el 6 de octubre último, el Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Cardenal Jorge Bergoglio, dio vida al lema de la memoración de este año: "Vivir en la Verdad". Sus palabras fueron duras y aunque no hizo nombres nadie dejó de comprender de que hablaba: "Sabemos que hay alguien que no quiere la verdad. Es el padre de la mentira, el demonio". Por supuesto no se trataba de una afirmación política. "El demonio -siguió- es la mentira por esencia, que muestra vidrios de colores para hacer creer que son piedras preciosas, que nos promete y no cumple, porque como todo mentiroso, es un mal pagador".

Por algún motivo se inició una serie de programas televisivos con algunas intervenciones confusas y otras no pero que coincidieron en ubicar al debate argentino, en vísperas electorales, sobre el pasado y no en relación a los problemas que mas interesan a la sociedad. Los argentinos aún no han podido dejar de reflexionar sobre su historia sin integrarla. Hasta los grandes temas unificadores del pasado, como la guerra de la Independencia, constituyen fragmentos de una discusión historiográfica que politiza desde visiones esquemáticas y muchas veces nada sólidas.

El juego político es, en todos lados, más complejo que el imaginario colectivo. Un caso muy interesante está constituido por la formación y la manera de operar del gobierno surgido en Francia después de la rendición de 1940. Dos nombres centrales en el esquema que se instaló fueron aquellos de los jefes políticos partidarios de colaborar con los ocupantes alemanes: el mariscal Henri Petain y Pierre Laval. Las relaciones entre ambos eran muy complicadas y es evidente que el militar francés que había vencido en Verdún se diferenciaba en muchos aspectos de Pierre Laval, jefe de Gabinete que había logrado superpoderes a partir del 13 de diciembre de 1940.

El gabinete contaba con algunos hombres que tenían peso propio y otros del todo sumisos. El 19 de abril de 1940 se anunció la formación del nuevo gabinete después de una sucesión de crisis políticas. El objetivo del Gobierno y aún de los ocupantes alemanes era que el sometimiento quedara enmascarado con algunas actitudes de independencia y que se admitieran elementos clásicos de la política francesa.

El gobierno era minoritario pero contaba con apoyos significativos en diversos sectores de la población. Su primer objetivo fue lograr el respaldo de funcionarios y legisladores que habían sido elegidos democráticamente y varios de ellos pertenecieran a los partidos políticos tradicionales. Laval intentó evitar todo enfrentamiento con la masonería, que era importante en Francia, pero hizo participar de su gobierno a un antisemita explícito, Darquier de Pellepoix. Ello significó un paso atrás luego que el ministerio de Educación se animara a rendir homenaje al gran filósofo judeofrancés Henri Bergson en ocasión de su muerte.

Hacia esa época el gobierno jugaba astutamente con las palabras República y Socialismo, dos términos ambivalentes en ese momento histórico. Laval luego utilizaría la expresión República Fuerte. Es interesante recordar que Francia había quedado dividida territorialmente en dos: una con sede en París, sometida totalmente a los ocupantes alemanes y otra, asentada en Vichy, que aparentaba cierta independencia. También las colonias francesas en África respondían a una u otra variante y, en algunos casos, a ninguna de ellas, sino a la jefatura de la resistencia que encabezaba el general Charles de Gaulle y tuvo su sede inicial en Londres.

En 1941 Laval pensaba que no era inteligente luchar en África contra las colonias disidentes, porque ello llevaría a un inevitable conflicto con Gran Bretaña. No creía que el final de la guerra desembocara en una victoria alemana, sobre todo después del ingreso de los Estados Unidos en la contienda, pero pensaba que se llegaría a un armisticio mediante el cual el Tercer Reich conservaría una decisiva influencia en Europa y posiblemente en Rusia, mientras los Estados Unidos tendrían enorme influencia en el nuevo esquema. No suponían un desembarco americano en combinación con los británicos y los franceses libres en el territorio galo.

Laval buscaba mantener las mejores relaciones posibles con USA cuando ya era claro que Franklin Delano Roosevelt respaldaba a De Gaulle y había deliberado con los representantes de Francia Libre el 27 de abril de 1942.

Entre los alemanes también existían disidencias importantes. El embajador Otto Abetz, pese a ser amigo personal de Hitler, se pronunciaba en favor de una política cautelosa. Quizá no ignoraba que muchos jefes militares de los efectivos alemanes asentados en Francia estaban lejos de entusiasmarse con su Führer y puede recordarse que fueron parte de la conspiración que intentó derrocarlo en 1944, pero las SS exigían encargarse de mantener el orden y promovían la llamada solución final del problema judío.

Vichy, en general, estaba interesado en comprar y seducir sin pagar el costo político que significaba ceder a las pretensiones de las SS. El 28 de agosto de 1940 se produjo una confusa disolución de los partidos que, sin embargo, eran admitidos en caso de contar con la autorización del Estado. Según el más completo historiador sobre la Francia contemporánea, Philippe Burrin, la inesperada paradoja fue que el diálogo entre el colaboracionismo y los políticos se inició con el Partido Comunista, que estaba atravesando un momento de extrema debilidad. Muchos de sus militantes se habían alejado por el doble juego ante Hitler, otros estaban exiliados o habían desertado pero quedaban cuadros orgánicos que mantenían relaciones con Moscú, donde estaba refugiado Maurice Thorez. El diario partidario, L´Humanité, que había sido clausurado como consecuencia del estado de guerra, seguía publicándose en forma más o menos clandestina y buscaba que se le permitiera la edición legal. Un sector se entendía con Abetz, publicaba La France Au Travail, que atacaba al gobierno de Vichy y al sistema capitalista. El 18 de junio la policía francesa detuvo a quienes participaban en una reunión comunista y el hecho interrumpió las negociaciones.

El 22, Abetz lamentó que la censura hubiera permitido publicar la noticia de los arrestos. No le molestaba la represión sino que se supiera. El 25 de junio, la Policía puso en libertad a los presos comunistas y hubo nuevas reuniones en que participaron miembros del Comité Central. Otto Abetz dijo que no podía legalizar al diario L' Humanité y propuso como variante una publicación con otro nombre, Ce' Soir.

Hitler estaba disgustado pero no furioso con Abetz. Éste le pedía que no se tomaran medidas represivas y Hitler contestaba que aceptaba postergarlas. El Partido Comunista no era jaqueado por los alemanes sino por la Policía de Vichy, pero en junio de 1941, con la guerra entre Rusia y Alemania, pasó a la Resistencia.

El hostigamiento al resto de los partidos había comenzado con el bloqueo a todas sus posibilidades de financiación. La Unión Nacional y Popular, de Marcel Deat, estaba profundamente dividida y la tendencia oficial, antes que se entrara en la etapa del endurecimiento salvaje, era cooptar a los disidentes.

Esto no era así sólo por el menor costo político sino, sobre todo, porque la mano que toleraba o que sobornaba dividía mucho más a los disidentes que el garrote. Pero, claro está, después de la farsa de un pluralismo digitado y negociado llegó el garrote.

La política de colaboración fracasó por ambas partes y los disidentes aceptados no representaban a los disidentes reales. Burrin señala que esa estrategia se sustentaba en una ilusión de los dos bandos.

La experiencia de Vichy enseña el fracaso de la astucia, la fragilidad de la mentira y la fuerza final de la verdad que libera. El antecedente constituye una lección histórica invalorable. La mentira nunca sirve.

Por supuesto, la situación no tiene nada que ver con el caso argentino.

El nazismo tenía una ideología aberrante y cerrada que dominaba toda Europa continental, dentro de la cual se encontraba Francia. La Argentina no vivió nunca bajo una ocupación militar extranjera. El gobierno de Buenos Aires no sustenta ni pretende sustentar la filosofía hitleriana, pero existen algunos puntos curiosos de comparación. El más interesante es que el nacional socialismo, uno de los dos grandes esquemas totalitarios, también tenía limites en su terrible poder. Todos entendían que una victoria total y definitiva era imposible y en el fondo también buscaban un armisticio.

Pero el otro problema es que nadie compra a un partido, a una tendencia o a un dirigente porque quien abdica no puede modificar la opinión de quienes compartían sus puntos de vista antes de la abdicación. Si se traslada esa observación a la Argentina, los votantes del radicalismo mendocino no se convierten en peronistas K porque su líder sea radical K y, además, ni aún el jefe de los radicales K puede evitar la distancia con sus nuevos amigos. El artificio mentiroso de la concertación propuesta por el gobierno sirve si la economía, la política, la seguridad, la salud pública, la cultura, la inserción internacional, tienen éxito pero, en el eventual caso de una crisis, el andamiaje de la falsedad se derrumbaría. Entretanto, la borocotización política es más contraproducente que efectiva.

El Presidente Kirchner se niega a dialogar, y cuanto más se señala ese error más insiste porque cree que así demuestra su personalidad. Pero todos los gobernantes fueron fuertes cuando escucharon y promovieron las objeciones, que sirven para la rectificación, pero son inútiles ante la necedad, la mentira.

 
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