la industria del petróleo y la seguridad energética
 “Las cosas volvieron a cambiar a principios de este siglo. Habían llegado al poder nuevos Gobiernos (Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Putin en Rusia) y todos ellos, por diferentes motivos, empezaron a manifestar cada vez mayor descontento con las políticas petroleras adoptadas por los regímenes políticos anteriores” Tema: En este ARI se evalúan las consecuencias del reciente
resurgimiento del nacionalismo petrolero para las empresas petroleras
internacionales y nacionales y para la seguridad energética.
Resumen: El propósito del presente documento es evaluar las
consecuencias del reciente resurgimiento del nacionalismo petrolero
para las empresas petroleras internacionales y nacionales y para la
seguridad energética. Comenzaremos con un análisis del fenómeno del
nacionalismo petrolero, su naturaleza y sus causas. Posteriormente
pasaremos a describir la estructura de la industria del petróleo y el
comportamiento, incluidos los puntos fuertes y débiles, de sus
elementos constitutivos, las empresas petroleras nacionales e
internacionales. Ello nos permitirá discutir, en este contexto, el
impacto del nacionalismo petrolero en el sector. Más adelante
abordaremos la cuestión, compleja y a menudo mal entendida, de la
seguridad del suministro energético. ¿Es el nacionalismo petrolero otra
nueva amenaza? Y, de ser así, ¿hay alguna forma de atenuarla o
eliminarla?
Análisis
El nacionalismo petrolero
La primera aparición de este fenómeno suele relacionarse con la
nacionalización de las petroleras extranjeras que operaban en México en
1938. Pero en realidad ya se habían producido nacionalizaciones antes,
cuando la Unión Soviética sucedió a la Rusia zarista o en Bolivia en
1937, cuando el Gobierno militar expropió los intereses locales de
Standard Oil (actual Exxon). La intervención de los Gobiernos en el
sector del petróleo no es exclusiva de los países productores del
tercer mundo. Sólo dos meses antes de la Primera Guerra Mundial,
Winston Churchill, por aquel entonces primer lord del Almirantazgo,
consiguió finalmente persuadir al Parlamento y al Gobierno de Su
Majestad de que adquirieran el 51% de las acciones de la Anglo-Persian
Oil Company, algo que no fue una nacionalización en toda regla pero sí
un modo de garantizar que pudiera ejercerse un control interno en caso
de emergencia. Posteriormente, en la década de 1920, tres países
europeos (Francia, España e Italia) crearon petroleras estatales
(Compagnie Française des Pétroles, Campsa y AGIP, respectivamente).
Tras la nacionalización que tuvo lugar en México, a principios de la
década de 1950 Mossadegh, entonces primer ministro de Irán, trató de
nacionalizar los bienes de la Anglo-Iranian Oil Company (actual BP) en
el país. Aquel episodio fue dramático pero de corta duración, y terminó
gracias a la tremenda presión política que ejercieron el Reino Unido y
EEUU.
En la década de los 60 se produjeron nacionalizaciones completas o
parciales en Irak y Libia y, en la de los 70, en el resto de los países
de la OPEP. La culminación de esta tendencia llega con la Revolución
iraní de 1979. Sin embargo, en la década de los 90 parece apreciarse
cierta inversión de esa tendencia con la apertura, por parte de una
serie de países miembros de la OPEP (con Venezuela y Argelia entre los
más destacados), de sus sectores upstream a petroleras extranjeras.
El nacionalismo petrolero que surge en la década de 2000 es un nuevo
fenómeno, similar en algunos aspectos a episodios anteriores, pero
distinto en otros. En esta ocasión el fenómeno gira fundamentalmente en
torno a Venezuela, Bolivia y Rusia, aunque también tiene ramificaciones
en otros lugares.
Los episodios anteriores
El caso soviético es sencillo, un claro ejemplo de ideología
marxista: los medios de producción deben estar en manos del Estado.
Aquel era un fenómeno ideológico y político. Sin embargo, es
interesante señalar que la nacionalización se vio retrasada por la
implantación de la Nueva Política Económica (NPE) de Lenin en 1921.
Rusia se encontraba sumida en el caos y su economía estaba en un estado
lamentable. Lenin justificó la NPE alegando que la economía necesitaba
la tecnología "imperialista" para recuperarse. Los beneficios esperados
eran de tal importancia que justificaban un aplazamiento de la
aplicación de los principios fundamentales del marxismo. Stalin, que
aún no había llegado al poder, se mostraba receloso al respecto: creía
que, sin duda, los extranjeros eran espías. Finalmente terminó
imponiéndose su visión.
El caso de México se diferencia en algunos aspectos. Todo empezó
bastante antes de la nacionalización de 1938, con la aprobación de la
Constitución mexicana de 1917. Una de las cláusulas de su Artículo 27
disponía que el subsuelo era propiedad del Estado mexicano, lo cual
quiere decir que quienes poseían la propiedad de la superficie de un
terreno no tenían derechos de propiedad sobre los recursos
subterráneos, sino que eran meros concesionarios. A las petroleras
extranjeras que operaban en México no les hizo ninguna gracia. Aquí
podemos apreciar un importante indicio de un principio que tiene su
origen en el Derecho napoleónico y que actualmente es ampliamente
aceptado (aunque no en el caso de la propiedad privada en EEUU), si
bien es cierto que, en muchos países, las empresas con contratos a
largo plazo pueden "reservar" el petróleo al que tienen acceso. Algunos
consideran que esto contraviene el principio de la "soberanía del
Estado sobre los recursos"; otros se lo toman con más tranquilidad,
dado que las empresas no pueden enajenar su derecho sobre esas reservas
y, ciertamente, no pueden llevárselas consigo cuando abandonan el país.
El derecho de enajenación es el elemento clave de la plena propiedad.
Aun así, desde 1917 hasta principios de la década de 1930 la
situación entre las petroleras extranjeras y el Gobierno de México era
de precaria paz, con períodos de calma alternados con períodos de
tensión. Al igual que Rusia en la época de Lenin, México se dio cuenta
en esa época de que necesitaba aportaciones de inversores extranjeros
tanto en el sector del petróleo como en otros sectores de su renqueante
economía. Las cosas cambiaron con el acceso de Cárdenas a la
Presidencia en 1934. Según Yergin (The Prize, p. 273), Cárdenas era "un
ferviente nacionalista y un radical político" y, lo que es más
importante, opinaba que la "presencia de la industria petrolera
extranjera en México resultaba dolorosa e irritante". Los resultados de
las empresas se convirtieron en motivo de decepción al descender su
producción de petróleo en un sorprendente 80% entre principios de la
década de 1920 y principios de la de 1930, y surgió un gran
resentimiento por lo que se consideraban actitudes arrogantes y
colonialistas.
En marzo de 1938, Cárdenas firmó la orden de expropiación que le
otorgó el poder sobre la industria del petróleo en México. Las
presiones del Reino Unido y EEUU no lograron conseguir que se revocara
la ley. El inicio de la Segunda Guerra Mundial, sólo 18 meses más
tarde, modificó los parámetros estratégicos, y por lo tanto la
nacionalización mexicana sobrevivió.
Mossadegh no tuvo tanta suerte. Las relaciones entre la
Anglo-Iranian y los iraníes nunca fueron muy felices. Mucho antes que
Mossadegh, el Sha Reza Pahlevi ya había amenazado con nacionalizar la
Anglo-Iranian en la década de los 30. Los iraníes desconfiaban de los
británicos, a quienes consideraban una potencia colonial opresora cuyas
malintencionadas políticas afectaban a Irán y, por extensión, a todo
Oriente Medio. El hecho de que la Anglo-Iranian registrara unos
beneficios por sus operaciones en Irán muy superiores a los ingresos
que recibía el país del petróleo generaba gran resentimiento. La
personalidad del presidente de la Anglo-Iranian, Sir William Fraser,
tampoco ayudaba demasiado. Era un sujeto rígido y poco diplomático al
estilo del viejo colonialismo del siglo XIX.
En marzo de 1951, un primer ministro iraní, el general Razmara,
nombrado en 1950, decidió, tras muchas deliberaciones y vacilaciones,
manifestarse en contra de la nacionalización solicitada por una amplia
facción del Parlamento y por importantes fuerzas populares de Irán.
Cuatro días después del discurso que pronunció en el Parlamento
anunciando su decisión, fue asesinado. En torno a esa época tuvieron
lugar una serie de asesinatos políticos de "títeres británicos".
Mossadegh fue elegido primer ministro por el Parlamento, con el mandato
de aplicar una ley de nacionalización del petróleo aprobada durante el
interregno por un Parlamento sumamente nacionalista. Tanto la
Anglo-Iranian como el Gobierno británico opusieron gran resistencia.
Irán no podía vender su petróleo, considerado un "bien robado" y sujeto
a una amenaza de litigio. No escaseaban los suministros en el mercado
internacional del petróleo. El Gobierno estadounidense, que había
tratado de mediar, empezó a perder la paciencia con Mossadegh. Le
preocupaba su radicalismo en aquella época de "Caliente" Guerra Fría.
Se tomó la decisión de provocar un cambio de régimen y, tras una serie
de dramáticos acontecimientos, Mossadegh fue derrocado y detenido en
agosto de 1953.
En diciembre de 1961, Irak revocó el 99,5% de la concesión otorgada
a IPC (una empresa propiedad conjunta de todas las Grandes). Aquella
fue la primera medida unilateral adoptada por un país productor de
petróleo desde los acontecimientos que habían tenido lugar en Irán en
1951. Sin embargo, a IPC se le permitió conservar prácticamente todas
sus áreas de producción, aunque las nuevas exploraciones y
explotaciones se vieron afectadas. La nacionalización no se completó
hasta 1972. Libia expropió los activos de BP tras la revolución de 1969.
A la "revolución del precio del petróleo" de 1973 le siguió una ola
de nacionalizaciones, tanto completas (Kuwait, Venezuela, Argelia y
Qatar) como parciales (Nigeria, Abu Dhabi y Libia). El proceso de
nacionalización en Arabia Saudí fue lento y no se completó hasta la
década de los 80. La revolución iraní de 1979 llevó a la
nacionalización del sector del petróleo en ese país.
La ola de nacionalizaciones que tuvo lugar en la década de 1970, al
igual que algunos acontecimientos previos ya mencionados, se vio
impulsada por un deseo de adquirir independencia económica a nivel
nacional. La descolonización que tuvo lugar tras la Segunda Guerra
Mundial había favorecido la independencia política, pero el dominio
extranjero del sector petrolero en los países productores de petróleo
del tercer mundo implicaba que la independencia no era completa.
Después de todo, el petróleo era el único recurso económico importante
de esos países.
La historia de esos variados episodios revela que las relaciones
entre los Gobiernos anfitriones y las petroleas extranjeras han sido a
menudo tensas y poco cordiales y que en distintos momentos a partir de
principios del siglo XIX han surgido problemas relativos a
expropiaciones y variaciones unilaterales de las condiciones de los
contratos. En este documento no hemos enumerado todos los
acontecimientos acaecidos en relación con este tema, sino sólo los más
significativos.
La historia también puso de relieve, de alguna forma, las múltiples
causas del denominado "nacionalismo petrolero", una etiqueta comodín
que oculta (debido a su generalidad) más de lo que revela. Merecen
atención tres factores importantes:
(1) La desconfianza, ampliamente generalizada en el pasado y aún en
nuestros días, suscitada en los países en desarrollo por las potencias
extranjeras, consideradas exponentes del antiguo colonialismo o de un
nuevo imperialismo, y por quienes, de una forma u otra, actúan como sus
agentes. Ése fue claramente el caso de México, Irán, la Unión
Soviética, Libia, Irak, etc.
(2) La importancia del petróleo como principal, y en ocasiones
único, recurso importante de que disponen los países exportadores de
petróleo del tercer mundo. Los Gobiernos de esos países no pueden
permitirse renunciar al control sobre ese recurso, que genera la mayor
parte de sus ingresos presupuestarios y de exportación.
(3) El descontento que a veces provocan los resultados de las
petroleras extranjeras o los contratos cuando se vuelven demasiado
desfavorables para el país de acogida por cambios en las circunstancias.
Cualquiera de estos factores, o la combinación de algunos de ellos,
hará que los Gobiernos traten de modificar las condiciones de los
contratos o de expropiar (casi siempre con algún tipo de compensación
económica) parte, o la totalidad, de los activos de una empresa.
Es importante señalar que las relaciones entre los inversores
extranjeros del sector del petróleo y los países anfitriones nunca son
fáciles. Es más, la sensación de que las entidades extranjeras explotan
al país de acogida, y de que éste debería tener control sobre sus
propios recursos, siempre está presente.[1] Sin embargo,
esto no quiere decir que a las petroleras extranjeras no se les vaya a
permitir la entrada a esos países, ni que la relación entre ambos vaya
a terminar mal siempre, con litigios y expropiaciones. Los países que
necesitan aportaciones de carácter financiero, directivo o tecnológico
de las petroleras para llevar a cabo exploraciones y explotaciones
petrolíferas y producir y comercializar ese recurso recurrirán a esas
empresas y cooperarán con ellas hasta que llegue el día en que (de
forma acertada o errónea) consideren que una empresa nacional puede
continuar con el trabajo.
El resurgimiento del nacionalismo petrolero
Como ya se ha mencionado anteriormente, la tendencia del
nacionalismo petrolero, que alcanzó su punto álgido a finales de la
década de los 70, pareció invertirse en algunos países en las décadas
de los 80 y 90. Venezuela adoptó una política de apertura y Argelia y
Qatar invitaron a petroleras internacionales a entrar en sus sectores
upstream de petróleo y gas. Irán negoció una serie de duros contratos
con varias petroleras importantes e incluso Irak, por aquel entonces
sometido a sanciones internacionales, negoció con una serie de empresas
borradores de memorandos de entendimiento que les permitirían invertir
en el país cuando se levantaran esas sanciones. Kuwait puso en marcha
el Proyecto Kuwait, cuyo objetivo era implicar a las petroleras
internacionales en la explotación de los yacimientos de petróleo
situados en el norte del país, cerca de la frontera con Irak. La
oposición del Parlamento kuwaití ha retrasado hasta nuestros días la
conclusión de esa iniciativa. El colapso de la Unión Soviética acabó
con la barrera ideológica que evitaba que el capital privado (tanto
local como extranjero) tomara la posesión de los medios de producción e
invirtiera en ellos.
Los motivos de la inversión de esta tendencia son variados. El
motivo principal fue la percepción de que las petroleras estatales de
los países en cuestión (Sonatrach en Argelia, QGPC -actual QP- en Qatar
y KPC en Kuwait) eran incapaces (por falta de tecnología o experiencia
de dirección) de ejecutar proyectos importantes en el sector upstream
de la industria del petróleo. Esos países se dieron cuenta, con
pragmatismo, de que necesitaban la contribución de empresas
extranjeras. El caso de la política venezolana de apertura es mucho más
complejo. Éste se vio motivado por varios factores: por un lado, la
necesidad de explotar recursos de petróleo pesado en el cinturón del
Orinoco (PDVSA podía fácilmente llevar a cabo la extracción pero habría
tenido problemas para transformar el crudo pesado en productos ligeros)
y, por otro, el deseo de la dirección de PDVSA de aumentar su
exposición internacional -y por ende, mejorar el prestigio de la
empresa- y crear una situación que pudiera evitar que el Gobierno le
impusiera las cuotas de la OPEC. Para Rusia, el cambio de política es
sencillamente consecuencia de la caída de un régimen. Y en cuanto a
Irak e Irán, la apertura se debió a la difícil situación interna que
vivían, como consecuencia de la imposición de sanciones internacionales
(Irak) y la pérdida de personal cualificado tras una revolución (Irán).
Las cosas volvieron a cambiar a principios de este siglo. Habían
llegado al poder nuevos Gobiernos (Chávez en Venezuela, Morales en
Bolivia y Putin en Rusia) y todos ellos, por diferentes motivos,
empezaron a manifestar cada vez mayor descontento con las políticas
petroleras adoptadas por los regímenes políticos anteriores. Ése fue el
elemento común de las actuaciones de Chávez, Morales y Putin.
Al Gobierno de Chávez le impactaron las regalías sumamente bajas que
pagaban las empresas extranjeras que operaban en el cinturón del
Orinoco. Los ingresos que obtenía el Gobierno de cada barril también se
consideraban bajos, y no sólo por las regalías; la totalidad del
régimen fiscal aplicado a los crudos pesados resultaba desfavorable
para el país. Había también otras cuestiones: el desarrollo de la
orimulsión, que en el pasado podía haber tenido sentido (aunque resulta
dudoso), pasó a percibirse cada vez más como un "sinsentido" económico
y se modificaron, o no se renovaron, una serie de contratos; también se
descubrieron pruebas de que Venezuela estaba vendiendo crudo a sus
refinerías en EEUU (y, forzosamente, al mercado exterior) con
descuentos, lo cual hizo que se tomara la decisión de retirar la
inversión en refinería en EEUU, una decisión que no se aplicó con vigor
debido al extraordinario aumento de los márgenes de refinado.
Por lo que respecta a los inversores extranjeros del sector del
petróleo, lo que importó realmente en Venezuela fueron la modificación
del régimen fiscal, que aumentó sus obligaciones fiscales, y la
decisión de incrementar la participación de PDVSA en joint ventures con
las petroleras, algo que podría interpretarse como una nacionalización
parcial. Como siempre, la compensación económica ofrecida por el
Gobierno fue considerada insuficiente por los propietarios anteriores.
Es posible que, en consecuencia, ExxonMobil lleve adelante el litigio
con el que ha amenazado.
En Bolivia, Evo Morales fue elegido presidente en diciembre de 2005,
con un programa político en que la cuestión de la "soberanía del Estado
sobre los recursos de gas y petróleo" ocupaba un lugar prominente.
Morales prometió que la "nacionalización" incrementaría los ingresos
públicos y que ese incremento se destinaría a reducir la pobreza. He
escrito nacionalización entre comillas porque ese término tan utilizado
por el Gobierno boliviano y los medios de comunicación no se empleó con
el sentido que tiene realmente. Lo que se buscaba, y lo que se
consiguió, fue una renegociación de los contratos de exportación con
Brasil y Argentina, algo que era inevitable: el precio del gas en los
contratos anteriores al Gobierno de Morales era increíblemente bajo,
por lo que era inevitable que se modificara antes o después, pero igual
de importante resulta el hecho de que Bolivia necesita vender su gas y
que Brasil necesita parte de esos suministros.
En Rusia, Putin se dio cuenta de dos hechos importantes poco después
de llegar al poder. El primero es que Rusia presenta una dependencia
económica crucial de los ingresos del gas y del petróleo para su
balanza de pagos y su presupuesto estatal. Rusia es una economía de
hidrocarburos pero, de momento, no una economía industrial avanzada. En
todas las economías de hidrocarburos, el Gobierno trata de conseguir
todo el control que puede sobre el sector del gas y el petróleo. Ese
control puede ser absoluto (como en el caso de México o algunos países
del Golfo) o permitir relaciones con inversores extranjeros (la mayoría
de los países OPEP y no OPEP). En ambos casos, de lo que se trata es de
conseguir un control gubernamental.
Ése es el motivo de que Putin no pudiera tolerar los intentos de
Jodorowsky de impulsar una política contraria al concepto de control
gubernamental, una política que preveía una liberalización y una
expansión de los intereses del sector privado, acogía con agrado las
enormes inversiones de una gran petrolera como ExxonMobil y rechazaba
la intervención o regulación del Gobierno. Jodorowsky también tenía
ambiciones políticas en oposición a Putin, algo que podría haber
precipitado su caída en desgracia.
Putin también desea aumentar el tamaño del sector público de gas y
petróleo de Rusia (aunque, ciertamente, no ha cerrado la puerta a la
inversión privada, tanto rusa como extranjera) y ha apoyado los planes
de expansión de Gasprom, un gigante bajo control mayoritariamente
estatal (disponer de una gran corporación estatal o quasi estatal de
gas/petróleo es una característica típica de las economías de
hidrocarburos). Gasprom no es el monstruo que sugirió un eurodiputado
polaco en una cena celebrada con ocasión de una conferencia en Bruselas
hace unos meses (dijo que las medidas expansionistas de Gasprom en
Europa eran como el avance del ejército nazi en la década de 1940).
Deberíamos adoptar un enfoque más imparcial con respecto a Gasprom y
sus objetivos y preguntarnos, sinceramente, por qué su deseo de
expandirse internacionalmente en esta época de globalización actual
debería considerarse amenazante o irracional.
El segundo hecho que llamó la atención de Putin fueron las
deficiencias observadas en los contratos de participación en la
producción firmados en tiempos de Yeltsin. Los enfrentamientos con
Shell y sus socios de Sakhalin 2 se debieron en parte a un contrato de
participación en la producción insatisfactorio que había dejado de
reflejar las condiciones existentes en ese momento. En la cláusula de
recuperación del coste de ese contrato no se estipulaba ningún máximo
(normalmente entre el 70% y el 80% cada año), lo cual implicaba que el
Gobierno no iba a recibir ningún ingreso (salvo las regalías) desde el
inicio de la producción hasta que la empresa recuperara todos sus
costes. Ese contrato pasó a ser incluso más desfavorable para el
Gobierno cuando Shell declaró que los costes se habían duplicado, lo
que significaba que el Gobierno no iba a recibir ningún ingreso (salvo
las regalías) durante un período de tiempo muy superior al inicialmente
previsto. Dadas esas circunstancias, tenía que modificarse el contrato.
Por lo que sé, no fue así, pero en cambio Putin usó su influencia
para perseguir su otro objetivo: aumentar el tamaño de Gasprom.
¿Ha vuelto el nacionalismo petrolero a la escena mundial?
¿Ha vuelto el nacionalismo petrolero a la escena mundial? Y, de ser
así, ¿cuáles son los motivos de su resurgimiento y cuál es la
naturaleza de este fenómeno?
Tres series de acontecimientos han llevado a muchos observadores del
escenario petrolero mundial a sostener que, en la actualidad, ha vuelto
a reaparecer ese fenómeno. Y, por lo general, culpan de ello a los
elevados precios del petróleo. Pero no se trata sólo de eso. Los
acontecimientos que tuvieron lugar en Venezuela, Bolivia y Rusia (y que
siguen desarrollándose) presentan un rasgo común: la insatisfacción por
las condiciones de los contratos firmados por Gobiernos anteriores con
las petroleras extranjeras. Ciertamente, esa insatisfacción también ha
surgido en otros lugares (como en Argelia con Repsol/Gas Natural y en
Kazajistán con ENI y tres de sus socios, todos ellos superpetroleras),
algo que ha llevado a los Gobiernos a exigir una modificación de los
contratos o, en algunos casos, su rescisión, a riesgo de provocar
litigios.
El aumento de los precios del petróleo a partir de 2003 tuvo un
doble efecto: por un lado cristalizó la percepción de que el porcentaje
de los ingresos derivados del petróleo que iban a parar a manos del
Gobierno en virtud de los contratos existentes era demasiado bajo y,
por otro, dio a los Gobiernos la confianza necesaria para crear
confrontación, al no necesitar las aportaciones financieras de los
inversores extranjeros tanto como antes. Bajo todo esto subyacían dos
constantes de comportamiento que, como ya hemos visto, representaron un
papel principal en la historia del nacionalismo petrolero que se ha
detallado anteriormente: (1) el recelo con que se percibe a los
extranjeros, a quienes se relaciona con un antiguo o un nuevo
"imperialismo"; y (2) la necesidad de los países altamente dependientes
del gas y del petróleo de ejercer, en cuanto pueden, control sobre el
sector de los hidrocarburos.
También resulta interesante señalar que las peticiones de un
Gobierno de modificar un contrato rara vez, por no decir nunca,
proceden del mismo Gobierno que lo firmó. Parece ser necesario un
cambio de régimen para ello, por el simple motivo de que el Gobierno
que firmó el contrato no querrá admitir (expresa o implícitamente) que
se equivocó, y en algunos casos no querrá que salga a la luz la verdad
sobre posibles irregularidades.
¿Desempeña el radicalismo político algún papel? Sí, en el caso de Venezuela y Bolivia, pero creo que no en el caso de Rusia.
El nacionalismo petrolero no se limita a los países que se mencionan
en este documento y que recientemente han adoptado medidas contra los
inversores extranjeros. Es un fenómeno antiguo y muy extendido tanto en
los países productores como en los consumidores. A veces se encuentra
latente, listo para reaparecer en una situación de emergencia o cuando
el equilibrio de poder pasa a inclinarse del lado de los productores. A
veces se ve frustrado en algunos países productores cuando éstos
carecen de la experiencia o los recursos necesarios para gestionar el
sector del gas/petróleo por ellos mismos.
En los países productores, todo radica en la cuestión de que un
valioso recurso no renovable, que además es el único activo económico
importante del país, deba ser dejado (cuando sea posible) en manos
extranjeras.
En los países consumidores, el petróleo se considera un producto
estratégico y como tal justifica una serie de medidas, políticas e
injerencias en el mercado cuando el interés nacional se ve sometido a
una amenaza, ya sea real o imaginaria.
El impacto en la industria del petróleo
Es importante distinguir entre petroleras estatales y petroleras
(privadas) internacionales, ya sean grandes petroleras o petroleras
independientes. Las petroleras privadas tienen acceso a un pequeño
porcentaje de las reservas de hidrocarburos del mundo. Y, sin embargo,
su producción en relación con las reservas es muy superior a la de las
petroleras estatales. Llevan a cabo una explotación intensiva, lo que
significa que sus yacimientos empezarán a experimentar un descenso
natural relativamente pronto. El pequeño tamaño y el rápido descenso de
sus reservas explican la urgencia de su búsqueda de acceso a nuevos
recursos. Sin embargo, esos intentos se ven limitados por una serie de
factores. Uno de ellos es el nacionalismo petrolero. Otro es la
búsqueda de mayores tasas de rendimiento del capital invertido, que
limita las oportunidades de inversión.
Las distintas petroleras estatales presentan diferentes recursos y
capacidades. Una o dos de ellas son capaces de emprender y gestionar
grandes proyectos. Otras presentan limitaciones financieras o bien
falta de trabajadores cualificados y/o deficiencias de gestión. La
actitud acerca de la participación de una petrolera extranjera en el
sector upstream variará en función de la magnitud de esas deficiencias.
El argumento que suele esgrimirse es que la nacionalización
petrolera, cuando implica expropiaciones, aumenta los activos de las
petroleras nacionales y reduce los de las internacionales, manteniendo
igual el resto. Pero la realidad es mucho más compleja que eso.
Puede que una petrolera nacional que haya adquirido nuevos activos
no sea capaz de gestionarlos con la misma eficacia que una petrolera
internacional. Cuando esto sucede, se resienten tanto la producción
como las inversiones (necesarias para contrarrestar el descenso natural
de los yacimientos de petróleo o para crear capacidad adicional neta).
Así, la producción en Venezuela podría resentirse debido al drástico
debilitamiento de PDVSA por el despido de aproximadamente la mitad de
sus empleados, que no fue resultado del nacionalismo petrolero, sino de
una situación excepcional en que la empresa estatal se vio implicada,
de distintas formas, en un intento de derrocar al Gobierno del
presidente Chávez. Lo cierto, sencillamente, es que PDVSA se vio
debilitada. La decisión del Gobierno venezolano de aumentar su
participación en joint ventures que operan en el cinturón del Orinoco
(y que podría provocar la marcha de ExxonMobil y Conoco) plantea la
duda de si PDVSA sería capaz de reemplazar a esas empresas en la
realización del trabajo. La respuesta es afirmativa por lo que respecta
a la extracción del crudo pesado y negativa, aunque con reservas, por
lo que respecta al tratamiento de ese crudo para la producción de
productos ligeros derivados del petróleo. Es probable que las
petroleras internacionales ralenticen sus inversiones dada la
incertidumbre existente en torno al rumbo que tomarán en el futuro las
políticas venezolanas en materia de petróleo.
En Bolivia, esa misma incertidumbre podría también inhibir a los
inversores extranjeros. En ambos casos, sin embargo, esa inhibición
sólo podrá ser relativa para aquéllos que hayan firmado contratos, ya
que éstos suelen incluir estipulaciones sobre el nivel de actividad que
el inversor está obligado a realizar.
Mi opinión personal es que, más allá de la pérdida de dinamismo
observada en Yukos, en Rusia ni la producción ni las inversiones se
verán gravemente afectadas por las medidas adoptadas recientemente por
el Gobierno. Gasprom es capaz de gestionar los activos que adquirió y
las empresas extranjeras, cuando se les ofrece la oportunidad, están
más que dispuestas a operar en Rusia, como pone de manifiesto el
reciente acuerdo firmado por TOTAL para explotar el yacimiento de gas
de Shtokman. Resulta interesante señalar que el gran interés de TOTAL
en estar presente en Rusia le indujo a aceptar un contrato de
servicios, algo que tradicionalmente las petroleras internacionales han
considerado anatema.
La nacionalización petrolera, más allá de cómo se defina, no se
limita a esos tres países. Como ya hemos mencionado, es un fenómeno
antiguo y bastante universal. Limita de distintas formas la
participación de las empresas privadas en el sector upstream del
petróleo de diversos países:
(a) En México (gas y petróleo) y en Arabia Saudí (petróleo) no se
permite a los inversores privados acceder al sector upstream.
Actualmente, tampoco se permite en Kuwait; en el caso de este país, el
Gobierno está dispuesto a permitir ese acceso para la explotación de
los yacimientos del noreste del país, aunque hasta la fecha la
oposición de la Asamblea Nacional kuwaití no le ha permitido alcanzar
su objetivo.
(b) En principio, la mayoría de los demás países exportadores de
petróleo permiten el acceso a su sector upstream, aunque siempre con
restricciones. En algunos casos, como el de Irán, esas restricciones
son tan duras que no resultan atractivas para las grandes empresas.
Otro problema es el descontento de los Gobiernos con los contratos
de participación en la producción y otro tipo de contratos firmados en
la década de 1990, que genera conflictos entre los Gobiernos y las
empresas. Este problema no se limita a Venezuela, Bolivia y Rusia.
También se ha planteado en Ecuador, Argelia (con Anadarko y Repsol/Gas
Natural) y, actualmente, en Kazajistán (con ENI y sus socios). A las
petroleras no les gusta que se modifiquen los contratos que les son
favorables. En algunos casos, su actitud (como recurrir al extraño
concepto de la inviolabilidad de los contratos o amenazar con un
litigio cuando podrían conseguirse buenos resultados renegociando) no
ayuda. Si el conflicto desemboca en la rescisión de un contrato, el
acceso de la petrolera extranjera queda limitado. Aquí cabe señalar que
este problema no debe atribuirse al nacionalismo petrolero. Todas las
relaciones bilaterales en que entran en juego contratos a largo plazo
pueden conllevar disputas, modificaciones o renegociaciones cuando las
circunstancias cambian radicalmente. Se trata básicamente de una
cuestión económica o comercial. El problema es que una disputa puede
llevar a un Gobierno a reaccionar de forma desproporcionada o a adoptar
medidas políticas radicales, a veces como consecuencia de las presiones
de los medios de comunicación o la opinión pública, ya que esa disputa
dejará entrever, a los ojos de la opinión pública, que la empresa
extranjera estaba, de alguna forma, "explotando" al país.
Como resultado de todo esto (y de otros factores como el caos vivido
en Irak, el malestar social de Nigeria y las sanciones impuestas por la
ONU y EEUU a una serie de países exportadores de petróleo), el
porcentaje del anhelado sector upstream en que pueden operar las
petroleras internacionales se ha restringido. Las oportunidades de
inversión parecen más limitadas de lo que serían en un mundo abierto.
Las petroleras han respondido a este desafío, en primer lugar
aumentando sus inversiones en gas natural y desarrollando el sector del
gas natural licuado (GNL), posteriormente adentrándose en el terreno de
la frontera tecnológica, especialmente en el ámbito del petróleo
submarino extraprofundo, y, por último, interesándose en nuevos campos
como el petróleo no convencional, los renovables, los biocarburantes,
el gas a líquido y el carbón a líquido. En el aspecto financiero, han
aumentado el volumen de fondos que esas petroleras "retornan" a sus
accionistas. En resumen, se han adaptado migrando del petróleo fácil a
proyectos más caros y pasando de invertir a adquirir sus propios
valores.
Las petroleras internacionales ya habían conseguido adaptarse
bastante bien anteriormente, tras el fin del sistema de concesiones en
muchos países de la OPEP en la década de los 70. El shock fue muy
considerable y causó una baja: Gulf, una de las Siete Hermanas
originales, desapareció. Las demás sobrevivieron llevando a cabo una
magnífica labor de explotación de fuentes de recursos no OPEP en el Mar
del Norte, Alaska y otros varios lugares.
La seguridad de los suministros
El problema aquí radica en posibles interrupciones o reducciones del
suministro que provoquen subidas de precios o una escasez física que el
mecanismo de precios no consiga eliminar por un motivo u otro. Las
interrupciones del suministro pueden deberse a una gran cantidad de
factores, acontecimientos o políticas, entre los que figuran huracanes,
terremotos, accidentes técnicos graves, guerras, disturbios,
nacionalizaciones, etc. Sólo este último factor guarda relación con el
nacionalismo petrolero.
Podría argumentarse que, en ausencia de nacionalismo petrolero, la
capacidad de producción petrolífera sería superior a la actual, lo cual
podría haber conducido a precios más bajos y a una mayor demanda de
petróleo. ¿Quiere esto decir que el excedente de capacidad, un
estabilizador del mercado esencial, habría sido superior al existente
hoy en día? Quizá no. Y digo quizá porque, en ese escenario, las
petroleras internacionales habrían dispuesto de una mayor proporción de
la industria y, por lo general, este tipo de empresas no suele, de
forma voluntaria, disponer de un excedente de capacidad.
La seguridad de los suministros de petróleo exige un colchón de
capacidad tanto en el sector upstream como en el downstream.
Precisamente fue la existencia de ese colchón de crudo lo que permitió
salvar la situación en Arabia Saudí (y, en un momento dado, en Kuwait y
Abu Dhabi) en la década de 1990, cuando Irak invadió Kuwait, o cuando
EEUU y sus aliados intervinieron militarmente en Irak en 2003.
Conclusión: La seguridad de los suministros no sólo se ve
amenazada por el nacionalismo petrolero, sino también por otra serie de
factores, que a menudo tienen un efecto más considerable. Por lo que
respecta a las catástrofes naturales, poco se puede hacer aparte de
proteger las plantas e instalaciones en regiones con tendencia a sufrir
huracanes y terremotos. Los accidentes técnicos pueden prevenirse con
un buen mantenimiento y un diseño sólido. Todo esto puede costar mucho
dinero. Las guerras, las revoluciones y los disturbios tienen
motivaciones políticas y sociales. ¿Han contribuido de alguna forma las
petroleras internacionales a este fenómeno sin darse cuenta? Puede que
lo hicieran en los viejos tiempos del colonialismo. Las sanciones
impuestas unilateral o multilateralmente sobre el petróleo (como las
impuestas a Libia, Irán, Irak y Sudán) han limitado los suministros al
dificultar la inversión. En este punto existe una contradicción entre
las preocupaciones de los países de la OCDE en materia de seguridad del
suministro y la propensión a imponer sanciones. Dicho esto, es a ellos
a quienes corresponde encontrar una solución. A largo plazo, un pico en
la producción de petróleo podría causar problemas, a menos que la
demanda también alcance un pico antes que el suministro. Pero
trataremos de abordar esa cuestión cuando se presente.
*Fellow en el St Antony's College (Oxford) y ex director del Institute for Energy Studies de Oxford. Artículo publicado en el Real Instituto Elcano el 21-11-07
[1] En junio de 1963, la difunta
profesora Edith Penrose escribió lo siguiente en la reseña de un libro
publicada en The Economic Journal (p. 322): "En primer lugar,... las
empresas sólo tienen una perspectiva verdaderamente internacional hasta
cierto punto; son occidentales, y sus intereses están estrechamente
vinculados a los de las potencias occidentales. En segundo lugar, los
habitantes de los países productores de crudo no creen que esas
empresas actúen independientemente de sus Gobiernos y, de hecho, no
eximirán de responsabilidad a las potencias ‘imperialistas' en las
acciones de sus empresas".
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