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Tropiezos en México: el debut del gobierno de Bush en asuntos hemisféricos |
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| Tiempo estimado de lectura: 6min 07seg |
Feb-23-01
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La administración
republicana asumió el poder en Washington dando señales
de que iniciaría una nueva era de relaciones hemisféricas.
Como gobernador, el presidente Bush exaltaba su conocimiento y apreciación
de México, el vecino del sur de Texas. Durante la campaña
presidencial, convirtió su familiaridad con dicho país en
el eje principal de su política exterior declarando que, como Presidente,
haría mayor hincapié en promover los intereses y vínculos
estadounidenses con los países de las Américas. Dijo puntualmente
que haría un mejor trabajo que su predecesor, a quien acusó
de favorecer las Cumbres vacías de retórica por sobre el
imperante progreso. Lamentablemente, para aquellos que esperaban renovada
atención a la región, el presidente Bush comenzó
con tropiezos la ceremonia inaugural que representaría el inicio
de una nueva relación entre Estados Unidos y el resto del continente. |
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Al disponer que el bombardeo de Irak coincida con la visita de Bush a México el 16 de febrero, Washington demostró una increíble falta de sensibilidad por sus anfitriones y envió un fuerte mensaje al resto de la región de que la política hacia América Latina pasará a segundo plano en lo que respecta a prioridades internacionales más apremiantes. Un encuentro que suponía acentuar la especial relación entre México y Estados Unidos quedó rezagado por los acontecimientos de Medio Oriente al tiempo que la prensa internacional cubría la acción militar de Estados Unidos y Gran Bretaña. La conferencia de prensa dada conjuntamente por ambos líderes, programada poco después de que se anunciara el bombardeo, giró en torno a las acciones militares de Estados Unidos más que al estado de la relación Estados Unidos-México. Los titulares de todos los diarios mexicanos y de todo América resaltaban cómo ‘Irak había eclipsado a México’ más que cómo Bush intentaba forjar nuevos vínculos con el Hemisferio. Los funcionarios mexicanos y el público en general no podían comprender por qué el bombardeo, el primero en dos años, no pudo programarse para otro momento. El ataque no sólo distrajo la atención de un evento que según el jefe de comunicación de Fox captaría toda la atención hacia Guanajato, sino que además colocó a México en la incómoda posición de tener que ingeniárselas para articular una posición cara a cara con Saddam Hussein y el bombardeo, respaldando con evidente molestia, las acciones de Estados Unidos. Para peor, el presidente Bush y sus funcionarios principales no dejaban de asegurar que el bombardeo no representaba el recrudecimiento de la confrontación con Sadam Hussein ni un cambio de política, sino un asunto de ‘rutina’ en el que Estados Unidos debía demostrar determinación ante las pruebas puestas por Hussein a la nueva administración. Si era rutina, ¿por qué se desató el viernes y no se esperó hasta el sábado, domingo o lunes? Si es cierto o no, como se rumoreaba, que cuando se les notificó a los altos funcionarios de la Casa Blanca que el bombardeo se iniciaría en las últimas horas de la tarde, supusieron erróneamente que ‘la tarde’ se refería a la hora de Washington (es decir, tras la visita del presidente en México) y no a la hora de Bagdad, no viene al caso. La realidad es que ni Bush ni sus asesores principales se molestaron en considerar cómo calificarían México y otros en el Hemisferio las acciones de Estados Unidos. Si la administración hubiese tomado enserio su anunciada intención de llevar a un nivel más elevado la relación con México, hubiese hecho el esfuerzo de al menos informarle, sino consultarle, a México antes de iniciar el ataque y, de este modo, hacer partícipes a los líderes mexicanos de los fundamentos de la acción de Estados Unidos e invitarlos a preparar una respuesta apropiada para su país. En cambio, con acciones y no con palabras, Estados Unidos transmitió un sencillo mensaje. México es un país vecino con el que se puede discutir de asuntos migratorios y aplicación de la ley, no es un aliado como Gran Bretaña quien comprenderá con certeza los imperativos de seguridad internacional. Hasta que esta actitud generalizada en Washington, que no se limita a la administración del nuevo Presidente o a los miembros, no cambie, será imposible afirmar que Estados Unidos se ha esforzado realmente por forjar vínculos sobre bases ‘sólidas’ con los países de América Latina. Pero no fue sólo la falta de predisposición de los funcionarios estadounidenses para considerar las implicancias de política exterior Hemisférica o bilateral de su decisión de bombardear Irak, al tiempo que Bush cenaba en la residencia del presidente Fox, que sugiere el largo camino por recorrer antes de que Estados Unidos pueda afirmar que los asuntos Hemisféricos encabezan la lista de prioridades. El problema de las intenciones de Estados Unidos empeoró por la generalizada percepción en Estados Unidos y en México de que el viaje, con el objetivo inicial de resaltar las relaciones Estados Unidos-México, pronto se convirtió en un evento impulsado principalmente por imperativos políticos internos más que por asuntos de política exterior. El viaje a México, la primera visita del nuevo Presidente estadounidense al exterior, entró en la designación ingeniada por los publicistas de la administración de semana de ‘seguridad nacional’, que ‘lógicamente’ seguiría a la ‘semana de la educación’. La ‘semana de seguridad nacional’ comenzó cuando Bush prometió un aumento salarial a los efectivos de Georgia. Continuó con una visita presidencial a un puesto de comando de la OTAN para acentuar la necesidad de presteza militar y siguió con un encuentro con veteranos de guerra en West Virginia en el que el Presidente expresó su empatía por el personal militar retirado. Finalmente terminó con el viaje a México y el bombardeo a Irak. La siguiente semana se embarcaría en un viaje interno para captar adeptos al plan de recorte impositivo. Los analistas se preguntan si el bombardeo a Irak no se agregó al itinerario por miedo a que el viaje a México no fuera suficiente para resaltar las credenciales de política exterior del Presidente. El constante problema de aquellos que trabajan dentro y fuera del gobierno en Washington para promover vínculos Interamericanos más sólidos es que las cuestiones hemisféricas siempre terminan rezagadas por otras prioridades más acuciantes de política exterior o se descarrilan por las presiones de políticas internas. Mientras que en este momento un acontecimiento en América Latina, como la visita de Bush a México, podría considerarse favorable para las buenas intenciones de la ‘seguridad nacional’ de Bush en las primeras semanas de gobierno, en el futuro, ante la ausencia de un genuino cambio de perspectivas en la región, los acontecimientos internos podrían ganar mayor importancia que las prioridades principales de política exterior en las Américas. Una vez más, esto no es exclusivo de los Republicanos. Una de las razones que impidieron que Clinton viajara a México para la asunción de Fox (un acontecimiento al cual asistieron los principales jefes de estado del Hemisferio) fue que el primer traspaso pacífico de poder de un partido a otro en la historia de México coincidía con el Día Internacional del Sida. Madeleine Albright no asistió a la ceremonia en la que Estados Unidos hizo entrega del Canal de Panamá a Panamá, un acontecimiento lleno de importancia simbólica como emblema del cambio en la calidad de las relaciones hemisféricas, porque prefirió asistir a una cena, programada a último momento, con los líderes de Medio Oriente. Después de este desfavorable inicio, Bush deberá esforzarse para transmitirle a los socios regionales de Estados Unidos que la nueva administración tiene verdadero interés en avanzar más allá de los logros de su predecesor. No será fácil. La cumbre de las Américas no fue mera retórica sino que ha contribuido a cambiar de modo cualitativo la interacción de los países del Norte, Centro y Sur de América. La reuniones ministeriales sobre educación, defensa, medio ambiente y numerosas cuestiones han producido sugerencias concretas para reformas internas y cooperación internacional. Entre los resultados se menciona la firma de la Convención Interamericana contra la Corrupción, la Convención Interamericana para el Desarrollo Integral y la formación del mecanismo interamericano de lucha contra el narcotráfico. La Cumbre también fortaleció la cooperación entre el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización de Estados Americanos y la Comisión Económica para América Latina y estableció un audaz plan para lograr el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas en el 2005. Los resultados de la Cumbre no fueron el legado principal de la Administración Clinton. Una de las dos o tres acciones principales de política exterior del presidente Clinton en sus ocho años de mandato fue su decisión de otorgar un amplio respaldo financiero a México tras la devaluación de 1995. Tomó esa medida apelando a la autoridad ejecutiva después de que el Congreso Republicano rechazó la aprobación de un paquete de emergencia financiera que él había presentado. Aquella decisión, que por primera vez implicó recurrir al Fondo de Estabilización Monetaria estadounidense para respaldar ampliamente la divisa de un país extranjero, fue fundamental para la recuperación económica de México. Ello, junto con el firme apoyo de Estados Unidos al proceso de liberalización política en México, también benefició al bienestar financiero de la región en su totalidad y, de modo indirecto, al progreso de la democratización de su política. El apoyo a la estabilidad económica luego se vio reforzado por los compromisos de Estados Unidos asumidos frente a Brasil tras el debacle financiero asiático y, más recientemente, ante Ecuador y Argentina junto con otras entidades financieras internacionales. El énfasis sobre la consolidación democrática en la región constituye el otro legado clave de la Administración Clinton. Los críticos señalan los actuales desafíos de la democracia y la debilidad de las instituciones democráticas y nadie debe imaginar que la consolidación democrática es un proceso fácil. Pero al trabajar a nivel bilateral y multilateral para enfrentar los recurrentes desafíos de las instituciones democráticas de la región, mediante el manejo de crisis junto con otros países regionales, la Administración Clinton contribuyó a mantener vivo el ímpetu democrático. Con la excepción de Haití, las fuerzas militares no han usurpado el poder en la región y la ‘democradura’ (democracia con mano dura) de Perú sucumbió ante las presiones internas y externas. Ahora la Administración Bush tiene otra oportunidad de demostrar su genuino compromiso con la región. Puede hacerlo si toma medidas decisivas antes de la Cumbre de abril en Québec para demostrar que está preparado para garantizar que los compromisos hemisféricos asumidos en la Cumbre de Miami de 1994 hacia el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas se materialicen en el 2005. Esto implica esforzarse para obtener el ‘fast track’ y negociar acuerdos comerciales, lo que el nuevo Representante Comercial de Estados Unidos, Robert Zoellick, denomina ‘la autoridad de promoción comercial’, y para avanzar en la negociaciones bilaterales de ACL con Chile. Al mismo tiempo, el equipo de Bush deberá aprovechar el creciente multilaterismo hemisférico y continuar respaldando las instituciones democráticas. Sin embargo, en donde la administración realmente puede poner el acento dentro del hemisferio es en forjar genuinos vínculos de confianza con los socios hemisféricos que sean suficientemente fuertes para que las consideraciones de política exterior concernientes a aliados clave en la región no sean continuamente rezagadas por otras prioridades de política exterior o cuestiones de política interna. |
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