El presidente electo Bush y América Latina: ¿que grado de compromiso?
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Ene-08-01

Rosendo Fraga

 

 

Un cambio de gobierno en la potencia mas importante del mundo siempre genera expectativas y preocupación en otras latitudes. El papel de los Estados Unidos va incidir en forma negativa o positiva sobre la evolución tanto política como económica de América Latina dependiendo de la prioridad que George W. Bush le dé a las Américas y la naturaleza de sus políticas. Bush inicia su gestión con una desventaja palpable. Probablemente desde la presidencia de John Kennedy, ningún presidente norteamericano ha tenido mayor resonancia en América Latina que Bill Clinton, cuyos niveles de aprobación continúan siendo mucho más altos en el hemisferio que en su propio país. Este apoyo se debe en parte a la política exterior de su administración que produjo la Cumbre de las Américas, la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el apoyo a México, Brasil y Argentina en sus respectivas crisis económicas, el fortalecimiento de los mecanismos regionales de apoyo a la democracia, y la solidaridad con Centro América después de los devastadores desastres naturales que causaron estragos en varios países. Pero mas allá de las políticas concretas de su gobierno, el prestigio del presidente Clinton se debe a su personalidad, su liderazgo internacional, su manejo de los medios y los viajes exitosos que realizó a México, Centro América, el Cono Sur y Colombia.

Durante la campaña presidencial, el gobernador Bush dejó en claro que no cree que el presidente Clinton merezca la buena imagen que tiene en el continente. En la contienda electoral, vergonzosa por su falta de referencia a los grandes temas internacionales, Bush hizo noticia con un discurso dedicado exclusivamente a América Latina. En el discurso, escrito en parte por el ex Subsecretario de Estado de su padre Bernard Aronson, criticó duramente una política exterior errática y poco coherente que privilegiaba, a su juicio, declaraciones sin contenido mientras que descuidaba temas fundamentales como ser el avance hacia una zona de libre comercio hemisférica. Haciendo hincapié en sus afinidades con México como gobernador de Texas, Bush señaló que América Latina ocuparía un lugar privilegiado en su política exterior.

Desgraciadamente las primeras señales que ha dado el gobernador como presidente electo no son muy alentadoras para América Latina. El nuevo gabinete, incluyendo puestos claves como ser Estado (general Colin Powell) y Defensa (Donald Rumsfeld), lo conforman personas que fueron colaboradores del Presidente Bush padre e importantes protagonistas en las esferas del poder de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Su visión del mundo tiende a ser eurocéntrica, privilegiando los grandes temas de seguridad militar. La asesora del presidente en temas de seguridad nacional (Condoleeza Rice), aunque más joven, fue la Directora encargada de la Unión Soviética en el Consejo de Seguridad Nacional bajo Bush padre.

Después de tres semanas de reuniones esporádicas entre los equipos de transición del gobernador y del gobierno saliente está muy claro que los temas de América Latina se han tocado solamente en forma tangencial. Cuando ha surgido el continente ha sido para discutir la política hacia Colombia y México, aunque el Secretario de Estado entrante también ha revisado la situación en Haití, tema que el conoce habiendo participado con el ex presidente Carter en un esfuerzo de mediación fracasado con la junta militar que derribó al presidente Aristide en 1991. Una visión generalizada del continente, con una política sofisticada e integrada con matices funcionales y temáticos de aplicabilidad diferencial para distintos países o subregiones todavía no se vislumbra. Por el contrario, tanto entre expertos ligados al Partido Republicano como en las esferas del Departamento de Estado existe la preocupación que el nuevo equipo tendría la intención de articular su política hacía América Latina privilegiando sólo a México con la intención de que México podría servir de bisagra hacia el resto del continente.

Al mismo tiempo todavía no hay claridad sobre quienes ocuparían los puestos claves en relación al hemisferio. Powell ha indicado que tendría la intención de nombrar un funcionario de carrera como Subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, privando ese puesto clave del liderazgo que sólo puede darle un nombramiento político de confianza del Secretario y de la Casa Blanca. Ya se vislumbra descontento en los círculos superiores del equipo de Bush con la preeminencia que está tomando Powell y su falta de apertura.

Por otro lado, en el Consejo de Seguridad Nacional, el tema de América Latina también ha sido tangencial. Hasta la fecha las conversaciones las han llevado miembros del equipo de transición que son especialistas sobre otras regiones del mundo, y Condoleeza Rice no ha indicado quién podría ocupar el puesto de Director Jefe de la oficina sobre asuntos interamericanos. En todo caso, la decisión del presidente Bush de sustraerle a Rice status como miembro del gabinete presidencial significa que el Consejo de Seguridad jugará un papel menos protagónico en la presidencia de Bush que en la de Clinton, donde Sandy Berger asentó gran influencia como el asesor para seguridad nacional. Curiosamente una consejera débil le va a privar al presidente de su capacidad de incidir con fuerza sobre los temas internacionales, delegando esa responsabilidad a los ministros— por lo menos hasta que estos entren en conflicto entre ellos.

En este cuadro, los especialistas sobre América Latina del Partido Republicano que asesoraron la campaña se quejan visiblemente de su falta de influencia en los círculos mas cercanos a Powell y Bush. Para su desazón, la única persona que podría ingresar a la nueva administración con experiencia sobre América Latina como nombramiento político es Richard Fisher, un demócrata y el actual segundo de la oficina del representante para comercio internacional, que pasaría a ocupar el cargo principal.

Pero este comienzo accidentado, producto también de la indecisión que causó la contienda electoral norteamericana, no es necesariamente un augurio negativo para el papel de los Estados Unidos en América Latina. Uno de los primeros actos que va a tener que atender el nuevo presidente es la Cumbre de las Américas que se va a celebrar en Canadá en Abril. Lejos de ser una reunión dedicada a declaraciones vacías, la cumbre le prestará al nuevo presidente una plataforma única para articular su pensamiento hacia la región y llegar a conocer en personal a los que presiden las naciones del hemisferio. En este mundo globalizado el intercambio directo y personal entre líderes es un complemento clave y necesario a la diplomacia tradicional. Y, antes de llegar a Canadá, el presidente Bush tendrá que decidir si va a persistir con la decisión del presidente Clinton de comenzar las negociaciones con Chile para acordar un tratado de libre comercio entre los dos países. Dado su compromiso con una política de apertura comercial, el nuevo Presidente puede darle nuevo contenido y brío a esa negociación, convirtiendo a su vez el tema del libre comercio en pieza angular de la Cumbre de las Américas en Canadá. En sólo tres cortos meses Bush tendrá la oportunidad de demostrar si está verdaderamente comprometido con la noción de darle prioridad a la política exterior hacía América —si va a articular una política en pro de la defensa de la democracia, el fortalecimiento de las instituciones regionales y el combate a la pobreza– temas que siguen en el tapete del quehacer hemisférico. Después se verá si su gobierno tendrá la capacidad burocrática y de seguimiento para llevarla adelante.

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