México: el costo de la democracia es la incertidumbre

Por Yuri Serbolov (Jun.21.00)

 

 

Por primera vez en nuestra historia política reciente, los mexicanos estamos saboreando un producto nuevo, pero que podría indigestarnos: la incertidumbre, ingrediente normal de la democracia.

Para nosotros, sin embargo, es algo totalmente desconocido y por lo tanto, podría indigestarnos, especialmente ahora que enfrentamos las elecciones más competidas de los últimos tiempos.

Es imposible decir quién va a ganar, si Fox o Labastida, ya que las encuestas, las tendencias político electorales, los sondeos de opinión, la prospectiva y los escenarios son totalmente incapaces, desde una perspectiva científica, de asegurarnos qué va a suceder el próximo domingo 2 de julio, es decir dentro de dos semanas.

En otros países del mundo, más civilizados políticamente y con más
experiencia democrática, la incertidumbre electoral es un platillo que han degustado en muchas ocasiones y, por lo tanto, ya están acostumbrados a él. Las turbulencias políticas no afectan a los mercados financieros y mucho menos ponen en jaque a la economía.

En México, en cambio, en las últimas semanas ya vimos cómo las declaraciones de un candidato a la presidencia de la República son capaces de provocar sobresaltos en los mercados financieros, presionar negativamente al peso, subir las tasas de interés y provocar caídas importantes en la bolsa de valores.

Lo anterior simplemente demuestra que los mexicanos no sabemos todavía cómo digerir la incertidumbre. Somos realmente muy novatos en este juego de la democracia y estamos pagando el precio.

La pregunta obvia, entonces es, si el cambio de poder presidencial en el año 2000 va a provocar una crisis económica como en las otras cuatro ocasiones.

La respuesta del Presidente Ernesto Zedillo y de su Gabinete Económico es que no, ya que ahora se dispone de un "blindaje financiero" y además, la economía está sobre bases más sólidas: finanzas públicas sanas, un déficit en la cuenta corriente (cuentas externas) financiado en un 75 por ciento por inversión extranjera, un mercado libre del tipo de cambio, etcétera.

Sin embargo, los mexicanos hemos aprendido a desconfiar de las promesas presidenciales, ya que cuando las autoridades aseguran que no va a haber crisis o una devaluación del peso, siempre sucedió todo lo contrario. Como dice el dicho: "la burra no era arisca, sino la hicieron".

Ciertamente, si no hay sobresaltos y sorpresas en las elecciones del domingo 2 de julio es factible que se cumplan los deseos presidenciales. Sin embargo, en caso contrario, no habrá blindaje que resista los embates de los especuladores, especialmente ahora que los mercados financieros mexicanos son tan volátiles y vulnerables.

Si los resultados de las elecciones son legales y legítimos, creíbles y respetados y aceptados por las principales fuerzas políticas del país, con el aval de los observadores y de las grandes potencias a nivel mundial (Estados Unidos, Europa y Japón, principalmente), entonces podremos dormir tranquilos la noche del 2 de julio y los mercados podrán tener incluso una jornada alcista el lunes siguiente.

Empero, si los resultados de las elecciones son sospechosamente turbios y no aceptados por las principales fuerzas políticas, si el país cae de nueva cuenta en los conflictos postelectorales, si resurgen los grupos guerrilleros y si desde el exterior se tiene desconfianza respecto a lo sucedido el domingo de las elecciones, entonces el impacto sobre los mercados financieros no se dejará esperar y la economía mexicana se podría estar encaminando hacia su quinta crisis consecutiva de fin de sexenio.

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