Las dos caras del poder en el Perú

Por Fernando Tuesta Soldevilla (Oct-24-00)

 

 

El regreso de Montesinos a Perú, la exigencia de los militares a una amnistía anticipada, la renuncia del primer vicepresidente Francisco Tudela y la parálisis de Fujimori, ha permitido mostrar la naturaleza actual del poder en el Perú, que no es otra cosa que la relación intensa entre Fujimori y Vladimiro Montesinos, construida eficazmente a lo largo de una década.

Fujimori, cual aprendiz de brujo, ha sido preso de su propio juego. Permitió, alentó y defendió a un personaje que hizo de la información su arma y de la intriga su método. Esto, sin embargo, no es posible pensarse sin un acuerdo de beneficios mutuos, en donde ambos buscaron controlar y permanecer en el poder. Si Fujimori le permitía estar en él, Montesinos le otorgaba la seguridad para que todo funcione sin contratiempos.

Sin embargo, bajo esa relación, Fujimori ha perdido iniciativa propia, poder, y se volvió dependiente de Montesinos. Fujimori no tiene iniciativa política, pues siempre consultó todo al ex jefe del SIN. Era sus ojos y oídos, como agradecidamente lo ha manifestado en público, en variadas oportunidades. El líder político que pensaba y discutía mucho antes de tomar una decisión, tenía en Montesinos su alter ego político. Ahora lo hace con su hija Keiko Sofía, con sus principales ministros o sus congresistas de confianza, pero ya no manda. Su inseguridad se hace manifiesta, por lo que sus presentaciones en público y ante la prensa se ha reducido notoriamente.

Obviamente ha perdido poder a manos de Montesinos. Si electoralmente Fujimori ya no es el invencible candidato y no puede mantener la disciplina en su bancada parlamentaria –varios de cuyos miembros han renunciado-, su mando en las fuerzas armadas es prácticamente nulo. La intermediación que ejerce Montesinos y toda su promoción sobre los militares, hacen de Fujimori un presidente sin poder real. El reconocimiento militar de julio y el respaldo de septiembre fueron, irónicamente, muestras de debilidad ante unas fuerzas armadas cuya lealtad estaba lejos de la constitucional y se dirigieron por varios días hacia Panamá.

Fujimori no puede enfrentarse con Montesinos y menos deshacerse de él. Es sintomático que no pueda siquiera nombrarlo públicamente, como tampoco producir alguna acción legal contra un informal ex funcionario que sí le debe mucho a la justicia. Y es que Montesinos al ofrecer información, manipulación y acción de todos los resortes del Estado -que lo utilizó incluso contra el propio Fujimori-, se convirtió en una necesidad para la forma de gobernar del mandatario. Al final, como todo poder informal, sabía demasiado. La necesidad de la presencia de Montesinos en el poder convirtió a Fujimori en dependiente. Hoy necesita deshacerse de él, pero no puede y no sabe cómo. Lo intentó, recortando su mandato a un año, pues eliminándose él, eliminaba a Montesinos. Pero no fue suficiente. Para el ex capitán fue un gesto inconsulto que no gustó y ha hecho saber a Fujimori que sus destinos están demasiados ligados como para tentar un camino solo.

Esta dramática relación de siameses hacen que la transición política sea sumamente complicada, pues la mejor salida de Fujimori requiere un distanciamiento de Montesinos. Y eso es lo que justamente no puede, perdiendo de esta manera la posibilidad de generar una fuente nueva de poder.

Pero la llegada de Montesinos ha oscurecido aún más la vida pública nacional y ha complicado la situación de Fujimori en el gobierno. Panamá, país donde deseaba permanecer, no le concede el asilo. Su regreso ha sido registrado como un acto de provocación, no tanto por su llegada, que muchos solicitaban, cuanto por la forma de la misma. Es decir, con el apoyo, la logística, el dinero y el visto bueno de un gobierno que tiene a un presidente sin verdadero poder.

Esta presencia de Montesinos pone en evidencia la debilidad, soledad y carencia de poder de Fujimori, que no hace otra cosa que eludir decisiones de mandatario sobre una persona que desprestigia aun más a su gobierno.

De esta manera, un deslucido presidente deambula por Lima tratando de convencer a los mandos militares, que han cerrado filas alrededor Montesinos, sobre una transición que ahora muchos ponen en duda. Sin embargo, Fujimori ya no puede seguir callando. Tiene que decir algo significativo. El problema es que a ese "algo" lo tiene que negociar.

Si renuncia por su cuenta de manera inmediata descuadra a Montesinos, pero éste no le perdonaría un nuevo acto inconsulto. Si se mantiene haciendo frente común con las fuerzas armadas y Montesinos, podrá vencer, pero perderá mañana. Así sucedió con las elecciones y eso bien lo sabe. Fujimori, como muchos líderes, quiere trascender en la historia y esta segunda salida lo desdibuja. Por eso, ahora más que nunca, reina pero no gobierna. Lo trasladan y rinden honores, pero todos saben que lo que diga debe ser refrendado por los que realmente mandan.

Languidece así el gobierno de Fujimori, quien paga hoy el costo de su incursión en la política que quiso renovar a su manera. La manera del manejo del poder sin instituciones, ni reglas ni normas. Su mejor criatura se lo recuerda crudamente a cada paso. Así es paradójicamente la historia de este segundo oncenio. Si el de Leguía (1919-1930) terminó bajo el levantamiento de un coronel, el de Fujimori (1990-2001) sólo terminará con el hundimiento de un ex capitán.

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