El ocaso del fujimorismo

Por Fernando Tuesta Soldevilla (Nov-23-00)

 

 

Ocho años después de un intento fracasado de golpe contra Alberto Fujimori, que lo llevó a refugiarse en la casa del embajador japonés, el hasta hace poco tres veces elegido Presidente de la República, se refugia nuevamente, pero esta vez en el país de sus ancestros: el Japón. Desde allí anunció su renuncia a la presidencia. El hecho originó la irritación no sólo ciudadana, sino de sus ministros que renunciaron con una carta de protesta. Inmediatamente, el Congreso, en largo debate, procedió a declarar la vacancia de la presidencia por incapacidad moral permanente.

De esta manera, en escasos dos meses, desde el famoso video que muestra al ex asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos comprando el pase de un congresista, se desmoronó uno de los gobiernos que parecía más firmes. Los acontecimientos, posteriores al video, se sobrevinieron con tanta velocidad, unos tras otros, que hicieron envejecer aquellos que se pensaban como determinantes. El tiempo político se aceleró, dejando de lado al tiempo cronológico como medida inadecuada para mostrar lo que acontecía. La coyuntura aprisionó los acontecimientos y los aventó casi junto a los temas de historia.

Hoy tenemos un nuevo presidente, Valentín Paniagua Corazao, un nuevo Primer Ministro, Javier Pérez de Cuellar, que encabeza un nuevo gabinete. Se está desactivando el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), se han dado de baja a varios generales montesinistas, se están desactivando las comisiones interventoras del Poder Judicial y el Ministerio Público, se han elegido nuevos directivos en los organismos electorales. Todo lo anterior, sustentado en una nueva mayoría que se articula bajo los escombros del fujimorismo, cuyos cuadros parlamentarios renuncian a diario. Estamos pues delante de una revolución democrática, que hizo que en dos meses cayera el autoritario poder dual Fujimori-Montesinos, bajo las típicas características de las revoluciones, la fuga de los gobernantes.

Terminaba de esta manera penosa uno de los gobiernos más largos de la historia republicana. Terminaba también la historia de un hombre que entusiasmó a millones de peruanos que lo apoyaron en su propósito de gobernar bajo el signo del pragmatismo y el resultado, con independencia de los procedimientos. Aquel poder autoritario construido cuidadosamente a lo largo de una década, pero que al último mostraba una fortaleza aparente, que cobijaba una profunda debilidad, producto de la ilegitimidad de las elecciones de abril último y -aquí lo importante- el alto grado de corrupción que consumía las esferas altas del poder.

El nuevo gobierno inaugurado el 22 de noviembre, durará escasamente ocho meses, pues el 28 de julio del 2001, Valentín Paniagua, entregará el mando al nuevo presidente surgido en elecciones que se realizarán en abril próximo. Paniagua recibe un país sumido en una profunda crisis política y moral. Las instituciones se encuentran en escombros y los vestigios del montesinismo se encuentran a lo largo de todo el aparato del estado. Pero su principal tarea es garantizar elecciones justas y transparentes. Tarea que aunque complicada, tiene la ventaja de no encontrar algún actor dispuesto a articular un fraude electoral, como sucedió la última vez. En pocas palabras, el nuevo gobierno deberá actuar de manera tal que ofrezca credibilidad, institucionalidad y respeto a las normas. Para ello, Paniagua ha convocado a Javier Pérez de Cuellar, respetado ex secretario general de la ONU, quien aceptando el encargo, ha preparado un gabinete de personalidades independientes.

Como consecuencia de lo anterior, los actores políticos y económicos han respondido favorablemente ante la asunción al poder de Paniagua, acompañado de Pérez de Cuellar. La inestabilidad anterior ha dado paso a nuevos aires que la mayoría quiere respirar. La personalidad del presidente Paniagua, totalmente opuesta a la de Fujimori, quien desató el más grande clientelismo político de las últimas décadas, ofrece seriedad y confianza. Sólo falta recrear nuevas reglas de juego electorales y la aparición de candidatos que tienen la gran tarea de hacer olvidar un año nefasto para la historia del Perú.


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