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El voto sobre Cuba demuestra nuestra propia relación con los derechos humanos
 

Abr-14-04 - por Andrés Cisneros*

'Quienes han luchado por la vigencia de los derechos humanos, no pueden sentirse cómodos votando de esta manera. Los más jóvenes probablemente no saben que, en la misma época en que nos indignaba que Washington mirase para otro lado respecto de Somoza, Stroessner o Pinochet; Videla violaba nuestros derechos humanos y Cuba votaba invariablemente contra estas mismas inspecciones de la ONU'
'Quienes han luchado por la vigencia de los derechos humanos, no pueden sentirse cómodos votando de esta manera. Los más jóvenes probablemente no saben que, en la misma época en que nos indignaba que Washington mirase para otro lado respecto de Somoza, Stroessner o Pinochet; Videla violaba nuestros derechos humanos y Cuba votaba invariablemente contra estas mismas inspecciones de la ONU'

La recuperación de la democracia en 1983 elevó a los derechos humanos por sobre cualquier consideración política o ideológica. Todos los que reivindicábamos el regreso a la vida constitucional coincidimos en tenerlos como inclaudicables, insusceptibles de negociación política alguna. Los convertimos, así, en uno de los escasos puntos de absoluta coincidencia y en piedra basal de nuestra actual convivencia democrática. Maltratarlos o devaluarlos supondría atacar los cimientos mismos de nuestra vida en comunidad.

En el caso de Cuba el gobierno argentino aparece respondiendo a quienes le piden un pronunciamiento antiimperialista y respaldatorio de la Revolución castrista de la década de los sesentas, tan vinculada con un ideario de izquierda que entre nosotros floreció en los setentas. Por otra parte, la diplomacia norteamericana viene empujando con singular torpeza para alinear a todo el Continente en su confrontación bilateral con La Habana.

En ese tironeo, se informa deliberadamente mal a la opinión pública: no es verdad que un voto positivo supondría una condena a Cuba. Lo que realmente se vota todos los años en las Naciones Unidas es simplemente una exhortación a los gobiernos afectados (como Cuba ahora, como el de Videla o Pinochet en su momento) para que tengan a bien permitir la visita de un funcionario objetivo de Naciones Unidas que luego informe a ese alto organismo. Solo eso.

Si los argumentos de Washington deben desoírse, más difícil es hacerlo con los de organizaciones como Transparency International o Human Rights Watch que vigilan los derechos humanos en todo el mundo. Las Naciones Unidas, antes de convocar a una votación, toman en cuenta esas pesquisas. Sobre Cuba, esos informes vienen siendo francamente negativos desde hace muchos años y en este 2003/4 las calificaciones todavía empeoraron.

El gobierno esgrime varios argumentos: la existencia de un bloqueo, el comportamiento de Estados Unidos en Irak y una supuesta concertación de políticas con Brasil.

Cuba no padece un bloqueo sino un embargo, algo mucho menor y que nada tiene que ver con los derechos humanos: desde que se instauró siempre nos opusimos a una medida que nos parecía injusta e ineficaz, que perjudicaba mucho al pueblo y poco al régimen de la isla y su permanente rechazo nunca nos impidió votar a favor de las inspecciones.

Y si lo que se pretende es exhibir disgusto por lo de Irak ¿Debemos para ello desamparar al pueblo cubano? Si antes estuvo mal usar ese voto supuestamente "a favor" de Washington ¿Está bien hacerlo ahora "a favor" de Castro? ¿Y los derechos humanos? Argentina y muchos otros estados manifestamos protestamos por la suspensión de las inspecciones en Irak, previas a la guerra, que ya anunciaban lo que luego se confirmó: no había armas de destrucción masiva. Y recuérdese que los inspectores de Naciones Unidas resultaron inmunes a las tremendas presiones norteamericanas. Si fue mala la interrupción de las inspecciones en Irak ¿Por qué las niega ahora en Cuba?

Algún día, ojalá que pronto, podamos de veras consensuar políticas con Brasil. Pero presentar este cambio de voto como si fuera parte de ello, es faltar a la verdad. Por ahora, lo que concertamos es la tapa de algunos diarios, el resto es seguidismo, consolidando no una alianza con Brasil sino la supremacía de Itamaraty, que ejerce la relación con sus vecinos en el modo de la hegemonía, no del liderazgo.

En las explicaciones oficiales estuvo ausente el único argumento válido que habría justificado este pronunciamiento sobre Cuba: que votamos en contra de las inspecciones porque nos consta que allí no se violan los derechos humanos. Pero el gobierno se ha cuidado muy bien de afirmar semejante cosa.

Argentina arrastra un pasado muy negativo en materia de derechos humanos. Se nos ha identificado sucesivamente como pro nazis, pro fascistas, con una guerra civil encubierta que se llevó a veinte mil compatriotas y más gobiernos de facto que constitucionales a lo largo de toda nuestra historia.

Es por ello que el bien más escaso de la Argentina en el mundo es su credibilidad como sociedad que respeta y hace respetar los derechos esenciales. Por lo tanto, constituye una prioridad nacional argentina en cada caso, todo el tiempo, el mantener una actitud ejemplar en esa materia. Solo así vamos a recuperar una reputación de país serio, que no politiza temas esenciales como la democracia, el racismo o los derechos humanos. Ese es el interés nacional argentino que se juega en este voto: recuperar el respeto del mundo.

Quienes han luchado por la vigencia de los derechos humanos, no pueden sentirse cómodos votando de esta manera. Los más jóvenes probablemente no saben que, en la misma época en que nos indignaba que Washington mirase para otro lado respecto de Somoza, Stroessner o Pinochet; Videla violaba nuestros derechos humanos, los de los argentinos, y Cuba votaba invariablemente contra estas mismas inspecciones de Naciones Unidas.

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Hay solo tres maneras de tomar una decisión como ésta de Cuba: desde el idealismo, desde el realismo o desde el pragmatismo. Desde el idealismo, nada más elevado que hacer respetar los derechos humanos, no importa quién gobierne. Desde el realismo, nada más conveniente que acompañar el consenso generalizado de las sociedades democráticas del mundo. Y desde el pragmatismo, nada peor que exhibir un doble estándar adentro que afuera, con dictadores amigos o no tanto.

El único voto que resultó siempre a la vez idealista, realista y pragmático es el que Argentina abandonó: el que simplemente reclamaba que en Cuba se respeten los derechos humanos.

Cualquiera puede consultar la página de Latinobarómetro que informa que crece alarmantemente (casi 40%) el porcentaje de latinoamericanos que renunciaría a la democracia a cambio de prosperidad económica. Todos sabemos que se trata de un espejismo, de un pacto con el diablo, de un retorno seguro a las dictaduras. Por eso debemos cuidar a nuestra democracia. Porque las sociedades que manipulan los principios en nombre de afinidades ideológicas de sus gobernantes en realidad serruchan la rama en que se encuentran sentadas

(*) Ex secretario de Estado de Relaciones Exteriores de Argentina

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