
Un comunicado de prensa emitido por la agencia oficial del Kremlin dio cuenta del fallecimiento de quien fuera el primer presidente electo de la Federación Rusa luego de la desintegración de la Unión Soviética. Enseguida se corrió la especie de que un masivo ataque al corazón lo alejó definitivamente de la escena.
Nacido en un pequeño pueblo de la región de los Urales, en pleno período de la colectivización forzosa, Yeltsin proyectó su ascenso político a mediados de los 70, primero, como secretario regional del partido y, años más tarde, en 1981, como miembro del poderoso comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética al cual renunciaría tiempo después para marcar sus distancias con la lentitud del proceso de reformas adelantadas para esa época.
Su agudo estilo y su olfato político lo encumbraron a las posiciones más codiciadas del poder dentro de la verticalidad del PCUS, aunque también provocaron su separación o alejamiento temporal de éste por las presiones que ejercieron los sectores más conservadores de esa organización. En marzo de 1989 fue electo diputado con cerca del 90% de los votos y, un par de meses más tarde, llegaría a ocupar la presidencia del parlamento para luego convertirse, en 1990, en el primer presidente de la Rusia post soviética elegido por el voto popular.
El momento estelar de su carrera política ocurre tras el golpe contra Mikhail Gorbachev en agosto de 1991. Allí jugó un papel de primer orden en las jornadas de desobediencia y resistencia popular que hicieron abortar la intentona golpista. Aún están frescas en nuestra memoria las imágenes que recorrieron el mundo mostrando a un Boris Yeltsin encaramado sobre un tanque, en plena calle frente a la sede del parlamento, liderando las protestas contra quienes pretendían asaltar el poder. A partir de ese momento, Yeltsin devendría el referente democrático de una sociedad sedienta de cambios y de libertades.
Con un decidido sentido de hacer política, Yeltsin se puso a la cabeza de los cambios y de la modernización del país exigiendo mayores transformaciones, pero también mayor celeridad.
Más allá de las excentricidades que marcaron su carrera política, de sus propias contradicciones y debilidades, Boris Yeltsin será recordado como el dirigente que luchó por asegurar las libertades democráticas en su país, como el líder que continuó el camino hacia la plena democratización iniciado por Mikhail Gorbachev y como el hombre que condujo a Rusia a vivir en paz con sus vecinos y con el resto del mundo. También será recordado como el dirigente que hizo irreversible el fin del comunismo en Rusia y el protagonista central de un proceso que llevó al desmantelamiento pacífico de la Unión Soviética, un hecho que transformó la historia del siglo XX.
Paradójicamente, con esa misma reciedumbre con la que condujo el país al liberalismo económico, su gobierno cobijó a empresarios arrimados a las sombras del poder y permitió el surgimiento de grupos financieros que amasaron fortunas de oscura procedencia. También reprimió brutalmente a los grupos rebeldes de Chechenia en una guerra por la que pagó un alto costo político, que ocasionó miles de muertes y de cuya responsabilidad jamás se pudo liberar, como lo admitió el propio Yeltsin en sus memorias. En este mismo sentido se recuerda el ataque contra el parlamento, ordenado por Yeltsin en 1993, para expulsar a aquellos que pretendían urdir una conspiración contra su gobierno.
Su discurso de despedida, el 31 de diciembre de 1999, luego de 8 años en el ejercicio del poder fue bien elocuente. Escogió esa fecha emblemática del último día del siglo XX para retirarse de la política y de las funciones de gobierno a las que renunciaba antes de finalizar su mandato. Rusia, decía entonces, “debe entrar en el nuevo milenio con nuevos políticos, con nuevos rostros, con gente nueva, inteligente, fuerte y enérgica". Agregaba que estaba persuadido de la irreversibilidad de los cambios que habían ocurrido en el país, para luego sentenciar que “Rusia jamás volverá al pasado”.
De conformidad con la Constitución, al presentar su renuncia, firmó el decreto mediante el cual traspasaba los poderes al Jefe de Gobierno, Vladimir Puttin, quien culminaría el mandato presidencial. Lo sucedería así en el cargo, precisamente, una de esas figuras representantes de la nueva generación de políticos a las que aludía en su despedida.
Como todo hombre importante de la historia, Boris Yeltsin fue una figura controversial. Desde su apacible retiro, rompió el silencio para lanzar una advertencia al pueblo ruso sobre la necesidad de defender la libertad, una declaración que para no pocos observadores tenía como destinatario a su antiguo protegido.