Aunque no tienen el peso del problema presentado por el enfrentamiento a causa del impasse de ETA, dos temas resaltan en la política exterior de España en importancia y en similar estrategia a emplear. La primera es la actitud a aplicar con respecto a la congelación del proceso de ratificación de la Constitución europea. La segunda, al otro lado del Atlántico, es la relación con Cuba. Ante ambas, el gobierno español ha apostado por jugadas de riesgo, con las cartas abiertas, presentadas como sendas peticiones de liderazgo.
En ambos casos, las alternativas son básicamente tres. La primera es no hacer nada y dejar que los acontecimientos queden a merced de la inercia. La segunda es aliarse con los gobiernos que plantean una actitud negativa, intolerante y a todas luces favorable a las miras de los Estados Unidos. La tercera es la apuesta por los movimientos decididos.
En ambos casos, la actitud pusilánime, en busca de un consenso de mínimos, no revertiría rédito alguno, diferente del actual, aunque tuviera a corto plazo un efímero éxito. En cualquier caso, en el contexto europeo, el excesivo cuidado con respecto al proceso constitucional solamente recibirá al final de la jugada unos beneficios por debajo de las conquistas centrales reflejadas en el texto aprobado por la mayoría de los estados. España quedaría, por lo tanto, como cómplice de una operación de rebajas, hecha a destiempo. España no sentó tal posición doblemente al liderar el proceso de ratificación con el referéndum y aprobación parlamentaria.
Frente al delicado momento por el que pasa Cuba, descartando la irresponsable política de presión que resultaría peligrosamente contraproducente, España tampoco puede permanecer impávida, refugiándose en la cómoda posición de espera ante la resolución sucesoria. Esta es la posición lógica de socios europeos con apenas conexión histórica con América Latina. Nobleza obliga.
Por lo tanto, en el caso europeo, España debe insistir en mantener una posición de privilegio en el pelotón de salida. Aunque el resultado final no sea del agrado de los sectores europeos maximalistas, España tiene mucho que ganar, y poco que perder. Si al final del camino no hay una Constitución como tal, los indicios son que habrá un tratado que sirva para llevar a la UE a la siguiente etapa.
En Cuba, las llamadas prudentes basan la cautela en la precariedad de la situación derivada de la enfermedad de Castro y el apuntalamiento de la economía cubana gracias a la ayuda de Venezuela. Permanecer en congelada expectativa envía un mensaje ambivalente al liderazgo actual, como si desconfiara de su existencia. Ni Cuba ha indicado que no ha pasado nada ni que se haya producido un cambio que obligue a España a cambiar de marcha radicalmente. Debe, por lo tanto, reforzar la línea correctiva iniciada en 2005, con la nueva actitud pactada en la UE.
Ningún actor que se precie de un mínimo de influencia y protagonismo en América Latina (y España lo es con creces) puede permitirse en lujo de mantenerse a la expectativa pasiva ante la oleada selectiva de populismo y la presión ejercida por Venezuela mediante su agresiva política petrolera. En cualquier momento, el régimen de Chávez puede verse en dificultades internas y externas, lo cual tendrá unas consecuencias en cuanto a la posición internacional de Cuba, o al menos en lo que se refiere a su contexto latinoamericano.
En Europa, España debe insistir en su mensaje positivo. Debe reforzar su ofrecimiento de que si antes “España era el problema, y Europa era la solución”, ahora (reescribiendo a Ortega), “Europa es el problema, y España es la solución”. En Cuba, España no puede renunciar a su doble presencia, manteniendo la comunicación con la Cuba oficial y con la Cuba real.
Tras el desastre de 1898 la inmigración masiva constituyó precisamente la inmediata reconexión de la España real con la antigua colonia. La España oficial no tuvo más remedio que certificar esta apuesta. A pesar de los numerosos cambios de gobiernos y de regímenes, la España oficial y la Cuba oficial nunca cortaron los vínculos. Fueron, dentro de sus limitaciones, y diferencias, respetuosas de la España real y la cuba real.
Por estos motivos, es ahora más necesario que nunca el reforzamiento de los vínculos de España con ambas dimensiones de Cuba. Por lo tanto, descartada la táctica del inútil y contraproducente acoso y derribo, que solamente conseguiría (aunque fuera temporalmente) el refuerzo de la dictadura en La Habana, mantenerse al margen sería el preludio de luego lamentarse como tras el 98: “más se perdió en Cuba”.
En Europa, cualquiera que sea el desenlace con respecto al texto constitucional, España no se puede permitir la ligereza de la inercia, y mucho menos de verse señalada como obstáculo. Debe dar una llamada inequívoca de que España no fue parte del problema.
*Joaquín Roy es Catedrático 'Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.